¿Se acuerdan del boliche Nonquén en su época de esplendor? Se les está cayendo la baba como cuando sueñan con un lomo de Barloa, lo presiento.

La vip de abajo, la de arriba, el Pub, el vivero o ecológica (contaminada por cigarrillos y olor a pedo concentrado), el ring, la pista de afuera, las churrasqueras que tenían más leche que la alacena de Maru Botana o el topi de su esposo.

En ese lugar lo conocí, Fausto. Yo super mini falda lila, una musculosa de modal con una mariposa en el lado inferior derecho, tacos de doce centímetros (dos centímetros más y me tenían que llamar Alberto). Con mis amigas divisamos a un grupo de flacos, ellos nos miraron y nos sacaron a bailar, “NOS”, mentira, a todas menos a mí. Me quedé con otra amiga que también era bastante feita, más fea que cuando te agarran para locomotora de trencito en un casamiento y estas sobrio; de repente se me ocurrió mirar a uno de ellos: alto, castaño, facha, mucha, bien vestido: Me llamó muchísimo la atención. Nunca en mi vida había visto bailar a alguien tan desordenadamente, era una especie de Peter La Anguila pero con reuma (en caderas y rodillas). A los minutos un amigo de él se me acerca y me dice:

–      Mi amigo quiere bailar con vos.

–      ¿Es mudo?

–      No

–      ¿Paralítico?

–      No

–      Bueno que venga y me diga él que quiere bailar.

Vino, bailamos, mucha vergüenza yo, no le podía seguir el ritmo, si es que alguna vez lo tuvo. Me cansé de hacer el ridículo y lo invite a sentarnos afuera un rato. Nos posamos debajo de un árbol, chamuyo va, chamuyo viene y me besó, que placer el néctar de esa boca, todavía puedo sentir su sabor, en ese preciso instante se convirtió en mi elegido, en el elegido de mi boca.

Hablamos de lo típico que hablan dos personas cuando recién se conocen: familia, ex novios, películas favoritas, marcas de prestobarbas con la que nos afeitábamos, acequias en donde tiramos los cuerpos que ya no servían después de usarlos. Después de una charla distendida, él optó por ir a buscar un trago a la barra: – Curty, aguantame, no te vayas, voy a buscar una cerveza.

Le crecieron frutos al árbol mientras lo seguía esperando, las raíces se trenzaban con el núcleo interno del planeta y no volvía.

A su regreso me dijo que había mucha gente en la barra por eso tardó quince horas: – Si ajá, si ajá, pongámosle que te creo.

Lo bueno es que volvió con una cerveza, estaba sedienta, una lata, para los dos, UNA: Yo sinceramente no sé si me había visto la cara de Stephen Hawking después de la esclerosis lateral amiotrófica o él no tenía los patitos en fila, los tenía en círculo. Llegó el amanecer, con ellas mis ojeras, parecía un mapache de Mongolia (que no sé cómo serán, pero me los imagino feos con furia).

Nos despedimos con un beso y un fuerte abrazo. Quizás tenía suerte y lo volvía a encontrar, quizás no. En esa época no teníamos tantos medios de comunicación (ni facebook, ni celulares, ni mails) y cada uno vivía en puntas diferentes de la provincia.

Volví a casa, pasaron dos meses; iba cada fin de semana al boliche para ver si lo encontraba de casualidad o no tanto, pero nada.

Una noche en una de las puertas de la ecológica una persona me nombra sorprendido; era él. Menos mal que no uso bombacha sino en ese momento se me hubiera caído y seguro tenía una estampa Mickey Rourke en la cola (sí, uso bombachas con personajes de la farándula mundial). Se había ausentado de la noche (mendocina) porque tuvo sus primeras vacaciones a sus 18 años con amigos (recuerdo que Miramar fue su destino).

–      ¿Y vos que hiciste Curty? ¿Te fuiste de vacaciones?

–      ¡Si, a Punta del Este!

Patrañas, me daba vergüenza decirle que estuve viviendo dos meses en la casa del árbol porque mi vieja me encontró haciéndoles laberintos con sal a las babosas de mi patio, las cuales poco inteligentes terminaron derretidas; pisabas el piso y te quedabas pegado con el genocidio de moluscos gasterópodos que había cometido.

Después de que me creyera la mentira, fuimos a nuestro lugar, nuestro arbolito, hablamos hasta secarnos los labios; no se me escapó esta vez.

Me llevó al rincón más recóndito del boliche: vértice: alambrado/ pasto, yo 15 años, virgen, intentamos que pasara algo, pero no pasó, en realidad el único que me hizo el orto fue un alambre de púas que me dejo daños leves en el cuerpo, pero ¡qué manera de besarnos!

Esta vez quedamos contactados, él me dio su teléfono, me lo anotó en la mano con una lapicera Parker Vector (si, más memoria que Gon Yangling, el chino que con 26 años recitó más de 15.000 números de teléfono después de estudiar increíbles técnicas para la memoria tengo)

Más feliz que Lucas Viatri choreando en Tiffany & Co, un día lo llamé, me atendió un señor mayor, me dijo que no estaba, insistí dos o tres veces más sin suerte.

Volví  cada sábado a Nonquén, nunca lo volví a encontrar, ¿qué hacía? Se me ocurrió la fantástica idea de encontrar su dirección como fuera, ¿cómo? Agarré el número de teléfono que me había dado y lo empecé  a buscar en la guía telefónica, número por número así descubriría su apellido y dirección. Tuve tanto orto que su apellido empezaba con B, menos mal que no era Zavaleta o Xipolitakis.

Bendecida por el mismísimo Jebús le escribí una carta y se la mandé con un millón de corazones dibujados diciéndole que me había enamorado de él. No hubo respuesta. Yo esperaba al cartero todos los días sentada en los escalones de casa, en vano. La próxima carta se la iba a mandar con Antrax.

Volví al boliche una noche de abril, última chance, lo encontré, me dijo que no había recibido nada, no le creí, estuvimos de nuevo juntos, volví  a sentirme plena. Pero desde ese mismísimo día no lo vi nunca más, nunca más lo llamé, nunca más le escribí él tampoco a mi por supuesto, me había enamorado del adolescente/hombre no correspondido, como hasta el día de hoy con cada suricato somnoliento que me encuentro por la vida.

Lo pensé días y noches, hice mi vida, él la suya.

El gran tema acá fue que en realidad no había recibido mi carta por el siguiente detalle: el número de teléfono que me había dado no era el de su casa (porque no tenía), era el de su abuelo, por ende mi búsqueda en la vida telefónica había sido un tanto errónea, o no tanto, no era su teléfono ni su dirección, pero sí de su familia. Recibió la carta pero vaya a saber cuántos días después de habérsela enviado, a mí seguramente ya me habían salido várices, celulitis no porque tengo desde los 12 años.

Se nos pasaron los segundos, las horas, los días, los años y no nos volvimos a ver ni contactar.

Conocí al supuesto hombre de mi vida, cometí un error grande porque me di cuenta después de muchos años que no lo era. Así se fue pasando mi historia, pasaron los años, pasaron 10 años y un día me llega una solicitud de amistad de un masculino; estuve cinco días con la solicitud sin aceptarla porque no me gusta tener contactos que no conozco. Un día al pedo miro su foto, al estar más que bueno lo acepto, no perdía nada: al día siguiente se abre la ventana del chat: – Hola ¿te acordás de mi?

–      Mmmmm la verdad que no

–      ¿Sos esteña? Curty nos conocimos en Nonquén, vos un día me mandaste una carta.

Si, era Julio Bocca con Síndrome de Tourette.

Mezcla de emoción, taquicardia, vergüenza, ataque de pánico, desrealización, nauseas, enterocolitis, fiebre reumática; todo junto me había dado. Me había encontrado. De nuevo. Después de tanto tiempo.

Cada noche le salían chispas a nuestros teclados escribiéndonos y recordando viejas épocas. Pero yo con eso no me iba a conformar.

Quedamos en encontrarnos, le di mi dirección, 10 años sin vernos. Llegó, le abrí la puerta y vi a la persona más bella (pégame y decime escrúpulos) del mundo, nos abrazamos, en sus manos traía dos chocolates y un diario que procedía de su trabajo, como si hubiera sabido que me encantaba hacer crucigramas y ver avisos fúnebres.

Empezó nuestra charla, me contó que era periodista, trabajaba en radio, en un diario, que era profesor de lengua y literatura, padre, le gusta el fernet, cantante, me dijo que tocaba muy bien la guitarra: – Si, en el Guitar Hero (imaginé). Que loco porque yo opero re bien en el Operando, si querés te puedo sacar el apéndice, pero definitivamente tocaba bien. Hombre perfecto si los hay, sacándole algún que otro trastorno.

¿Vieron cuando a las mujeres nos gusta un hombre y por más que lo veas solo un día en tu vida ya te imaginas el noviazgo, el casamiento, los perros, los fideos con salsa y los hijos? Bueno, él es fanático de futbol, yo me imaginaba algo así:

O en su defecto:

¿Él como me vería a mi? Yo que en mi pieza tengo pegada una foto de Ana María Giunta, así cuando me siento gorda, deforme y crea que soy una mujer asexuada vuelvo a ser feliz.

En definitiva le gusté, por los gustos en común, físicamente o le que fuere. Qué nervios la primera vez que me invitó a su departamento, apenas entré me llamó la atención su afición por los libros, creo que me había hasta excitado pero fui demasiado tímida como para abalanzarme hacia él. Eso fue violencia de género por parte mía y hacia mí: me hice la dama cuando quería ser una puta por el miedo al “¡Qué dirá!” Un minuto y medio me hice la dama. Me llevó a su habitación para “mostrarme sus libros”, me besó, volví a revivir el instante mágico de aquel añejo árbol. Y así fue como me hizo tocar las estrellas, los planetas, sus satélites y “otras cosas más”.

Concordamos en muchas cosas, nos seguimos viendo miles de veces, chateamos, siempre que nos juntamos nos reímos de esta gran anécdota. Fuimos amores de paso. Nuestros diferentes tiempos en la vida no permitieron que nos sigamos viendo tan seguido, pero mejor porque un día salimos a bailar con amigos y le tuve que limpiar el vómito que se largó al costado de su cama de lo borracho que estaba. Una ballerina mezclada con pancho completo con lluvia de papas triturado por su jugo gástrico. Yo paso, que venga el hombre que le sigue.

Dicen que lo que no te mata te fortalece, eso es mentira, sino Carlín Calvo estaría bien, o Cerati. A mí me fortaleció haber conocido a una persona como Fausto. Me llenó el alma en algún momento de mi vida.

Quizás algún día volvamos a ser dos desconocidos viéndose por primera vez, quizás hagamos el amor de noche con la luces apagadas, quizás hagamos el amor de día con los ojos cerrados.

Espero que nunca me deje de temblar el alma cada vez que lo veo venir.

“…Tenía el cuerpo más parecido a un alma
Que haya visto en mi vida.
Tenía el cuerpo más parecido a un alma
Que haya visto en toda mi vida…”

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