Miguel Robles entró al despacho con una sonrisa divertida. En Roma ya estaba haciendo frío y se quitó la campera que tiró sobre un sillón. La calefacción era buena.

—¿Y…? ¿Cómo viene todo, Miguel?
— Bien, bien… Todo sobre ruedas.
— Ya tenemos el dato de que Pranna te sigue.
— ¿Dato concreto?
— Sí.
— Ah, por Vittoria.
—Sí, por Vittoria. Las preguntas que le hizo Verónica Kawalsky son la prueba. No tenía por qué preguntar sobre vos.
— Pero ¿con eso te alcanza?
— Sí, Miguel. Igual te necesito. Lo de las esculturas de las almas de la dirigencia mundial fue lo mejor que escuché en mi vida…
Se rieron los dos.
—Es que se me vino todo encima, fue más rápido de lo que pensé, entonces compré arcilla e hice esas formas, imaginate que yo no puedo hacer ni un huevo con plastilina, así que viendo las cosas espantosas que había hecho, se me ocurrió que serían el alma de la dirigencia universal. ¡Nada más feo y oscuro que eso!
—Te cuento —se tentó—, te cuento que ya vendiste dos…
Y otra vez se rieron.
— ¡Me estás jodiendo!
—Sí, además de tu paga, tenés treinta y cinco mil euros de esas porquerías tuyas, impuestos aparte.
—¡Qué divertido es esto!
— ¿Y Camila Llorente?
— ¿No vino a Roma con vos?
— Sí, Miguel, pero ¿ya la viste?
— No, no. Vine directo para acá.
— Decime, ¿esta Llorente es así de pelotuda, o “se hace”?
Miguel se acomodó en la confortable silla giratoria.
— Todavía no lo sé, pero estoy más para el lado de que “se hace”.
— Sí, yo también. Seguila de cerca.
—Sí, de Cami olvidate. ¿Cuáles son tus pasos a seguir?
— No…, Pranna. Mis pasos a seguir son Pranna.
— Yo no sé si puedo seguir con el tema Pranna. Me va a sacar la ficha en cualquier momento. Es una luz.
— Es una luz, tal cual. Por eso no puedo correrlo. Por eso solo me queda eliminarlo.
— ¿Eliminarlo?
—No, no matarlo. Eliminarlo, dejarlo fuera de combate.
—Ah…

Por primera vez la mirada de Robles no fue la misma. Pareció como vaciarse de confianza, de comodidad, de recuerdos. No era por la confusión de un posible asesinato de Pranna, sino por recordar que su amigo era capaz de eso. Que su viejo amigo hoy era capaz de eso. Ya no estaba cómodo, y ambos lo sintieron.

— Oíme, me voy para el hotel. Cualquier cosa me llamás.
— Dale, Miguel. Qué gusto tenerte por acá.
Pero Miguel hizo una mueca pobre con la boca, tomó la campera, y se fue.

*          *          *

No es que fuera un cobarde, pero Fran de pronto se vio parado, de traje, con su portafolio y su carrito de equipaje en el aeropuerto de Roma mirando, desde adentro, la luminosidad que parecía arder en los amplios ventanales de la entrada.  Estaba tan golpeado, tan sacudido emocionalmente que sentía algunas inseguridades nuevas. Nuevas y tontas, pero ahí estaban, sujetando el freno de mano de sus motivaciones. Volvió a avanzar y cruzó los umbrales del aeropuerto. El aire de Roma tiene un polen, un aroma diferente.

Otra vez llegó a un departamento ajeno, pero suyo. Pranna había tenido la precaución de alquilárselo para que pudiera ir y venir sin que queden registros en ningún hotel. A veces sospechaba de esos recaudos. Es que de la misma forma nadie sabría de él, nadie advertiría su ausencia en caso de súbita desaparición. Las fichas le caían como lluvia en la ventana. Las veía caer pero no alcanzaba a elaborar todo lo que poco a poco estaba comprendiendo. O mejor dicho, en lo que se iba transformando. El despojo, la soledad, el destierro… son situaciones que afectan la psiquis, alteran el comportamiento y, teniéndolo todo, no tenía nada que perder. Porque no tenía nada, nada era suyo.

Lejos de sentirse un forastero en la vida de otro, Fran comprendió que debía hacer carne esa vertiente constante de sensaciones diversas que lo iban sorprendiendo a cada paso que daba. El desapego, el ser uno mismo, el valor propio como riqueza personal, entendía que lo que estaba adquiriendo eran nobles herramientas, y cada vez le inquietaba menos el “para qué”. A las dos horas de deambular por el departamento, de mirar el mobiliario de estilo romano, diferente al argentino, el olor del aire, el color de la luz, se dio cuenta de que se sentía valiente, de que había recuperado el coraje. De que tenía ganas de ir a pechar al mundo y de pedir lo que le diera la gana. No es que hubiera vuelto a ser el mismo Francisco Martínez de antes, era uno nuevo. Uno más práctico, más focalizado.

Una alegría muda, un entusiasmo sorpresivo lo invadió y sonrió, se sintió activo. Con decisión desempacó sus cosas de la valija, puso las cosas en el baño, se tomó un té tratando de pensar en qué le había visto a Camila, colgó toallas, revisó los platos y tazas de la cocina, las ollas, puso los libros en la biblioteca, sacó uno y se sentó en el sofá blanco junto a la ventana por donde se derramaba el sol de la tarde. Unos minutos después, pocos minutos después, cerró el libro. Era imposible, adentro suyo hervía una euforia imparable que crecía cada vez más. Se daba cuenta del poder que estaba teniendo, de lo liviano que se sentía, y dejó el libro sobre la mesa ratona de marmolina, miró la escena del libro sobre la mesa unos segundos, intentando en vano hacerla propia, se puso un saco y salió a respirar el aire de una de las ciudades más famosas del mundo, tal vez, su nueva ciudad.

Vero caminaba sin pensar, sin rumbo. Acababa de salir de Brewster y estaba confundida. No tenía la menor idea de cómo averiguar quién era el tipo que la trajo a Cami a Roma. No sabía ni por dónde empezar. Raro en ella, pero estaba cansada, como con ganas de terminar con esa historia. De alguna manera sabía que esa sensación le venía por la imposibilidad que encontraba en resolver el enigma del directivo de Brewster Europa que tenía aquella relación con Cami. De pronto Cami se le hizo más poderosa en la mente. No era una mosquita muerta, era una mujer que caminaba sobre el agua, alguien que podía fingir ser estúpida y de pronto tener los dos anchos y el siete de oro así, de la nada.

Ella misma se sorprendió que su caminata errática la haya llevado hasta Piazza del Popolo. Se dio cuenta por la combinación de murmullos y voces con el aroma de la cocina de las Tabolas, tan particular de esa piazza, que le quebró la hipnosis y la trajo a tierra. Avanzó sobre ella y sintió la armonía regular, el factor común de los lugares de paseo en Europa: la plaza estática, sólida, de piedra, la perpendicular de la columna central al plano del piso, la regularidad de las edificaciones viejas que la rodeaban, la monumentalidad, los detalles, la verticalidad de las personas, y la asimetría impresionista de las palomas rompiendo en vuelo.

Fran tomó la silla por el respaldo para sentarse, pero se dio cuenta de que estaba al lado de Piazza del Popolo. Sintió más apremio por ir a la plaza que por la cerveza que tenía planeado tomar. Apenas entró pudo recordar cuando estuvo con Verónica Kawalsky en ese mismo logar, y sintió la necesidad de recorrer los pasos, de ir a cada lugar donde estuvieron esa tarde. Y se paró en el mismo punto donde la vio llegar con su falda flameando, y recordó el aroma… Vero tenía el aroma de… no, no sabía, competían tantas fragancias al mismo tiempo que giró y buscó el lugar a donde fueran a comer algo. Y caminó bajo el sol romano sintiendo el golpeteo de los zapatos en el piso.

Se sentó, se acomodó la falda, cruzó las piernas y le dio permiso a las brisas para que la manoseen un rato. El aroma, esa plaza era el aroma, el perfume de la sensualidad. ¡Cuántas plantas debería haber para tan aromática orquesta! Sin embargo no parecía haber muchas. Miró una esquina, un recoveco, dos chicos corriendo, una vieja en una ventana, una visita guiada, un señor muy elegante, y así siguió girando su cabeza como un faro lento que scannea la noche.

Se levantó, ni siquiera se pidió algo, solo se sentó en la misma mesa donde había estado con Vero, y salió caminando hasta la callecita que bordea la plaza. Apenas sintió sus zapatos pisar la calle de piedra la pared perimetral creció y solo podía ver de la plaza, la alta columna.

Terminó de girar la cabeza y quedó mirando la calle. La misma calle por donde caminó con Fran cuando estuvieron en esa plaza. Y un poco más al costado había volado con un beso. Y extrañó volar. Y sin proponérselo ni pensarlo se puso de pie y avanzó en busca de ese punto eterno donde los dos se habían parado el día del diluvio universal.

Mientras avanzaba y crecía el muro que lo separaba de la plaza, más ganas sentía de estar con Verónica. Ya se había decidido, la esperaría. Ella estaba en Buenos Aires, pensó, pero vendría en cualquier momento. Caminaba y continuaba repitiéndose las ganas que tenía de sentirla, de sumergirse en sus labios, de ser el amante libre que se permite beber de las manos de aquella mujer de vino. Y se dio cuenta de que al final de esa callecita fue donde se dieron el beso, esa cópula labial que lo llevó a un océano de confusiones.

Dio unos pasos más y sus tacos se juntaron. Ese era el punto. El lugar que ni la lluvia ni la erosión borrarían jamás de su memoria. Y cerró los ojos y hasta casi pudo sentir el mareo, la pérdida de la conciencia que sintió en brazos de Fran. Y sintió que le tocaron el hombro. Y abrió los ojos. Y se dio vuelta. Su cuerpo exudó un vapor frío cuando lo vio a Fran, con la misma expresión de sorpresa, delante suyo.

(Continuará…)

 

 

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