-Me voy a buscar algo para tomar, ya vengo.

-¡¿Qué vas a tomar, si estás para atrás negra?! – me responde Aye.

Me dirigí a la barra, espere ahí a que se desocupara un poco. Estaba tan sobria como si no hubiese tomado nada en toda la noche, o tan ebria como para creerme sobria. Tenía el cuerpo vencido, un agobio infernal, creo que hasta idiota. En la dulce espera, dos brazos me rodean por detrás. “La puta madre, ¿otra vez?”, y antes de poder reaccionar: –“Quiero creer que no te me estás escapando”. Giré sobre mi eje.

-Emi… no, nada que ver, ¿por qué decís eso?

-Porque estabas ahí y no me saludaste… Pensé que te habías arrepentido de nuestro jueguito…

Maldita frase.

-Ja, no… no, no, ja – le respondo sin mirarlo.

-¿Te venís conmigo hoy? Tengo la casa sola, mi vieja se fue no sé a dónde y Maite también. Venite a dormir conmigo, dale…

-Y… no sé… mañana tengo que…

-Dale, -interrumpe – tengo unas ganas increíbles de sentirte, de tocarte…

¿¡Es un chiste esto… TODO IGUAL!?

-Yo también – le respondo de manera firme, sin dudas –, es más, ¡vámonos ya de acá!

Sin más, sin vueltas, lo agarré de la mano y salimos del lugar.

-¿En qué viniste, o nos vamos en taxi? – le pregunté.

-En el auto de mi viejo, está por allá – me responde, indicándome hacia dónde caminar.

Llegamos al auto, nos subimos y emprendimos viaje hacia su casa. En el camino, en realidad bastante cerca de donde estábamos, pasamos por una calle oscura que bajaba para llegar a un barrio. Me desprendí el cinturón de seguridad y me pasé para atrás.

-¿Qué haces? – me pregunta Emi, disminuyendo la velocidad.

-No voy a esperar a llegar a tu casa, a un telo, o a donde sea… ¡pará el auto ya! – le dije con tono imperativo.

Emi se orilló, apagó el motor, se sacó el cinto y se giro sobre su asienta para verme a mí.

-Estás medio loquita vos… acá está re oscu…

Sin dejarlo terminar, lo agarré del brazo y lo atraje hacia mí. Se empujó con sus pies y terminó cayendo sobre la parte trasera del auto.

-No aguanto más, quiero cogerte ya, que me cojas ya, quiero tenerte adentro, sentir todo lo que tenes entre las piernas dentro mío, sentirte entrar  y salir de mis entrañas, quiero gritar de placer, que me toques toda, que lamas mi cuerpo y lamer el tuyo, quiero que me saborees, que bebas de mí, que bebas el néctar que fluye de mi interior en estos momentos lujuriosos, que me los des a probar a mí, quiero probar los tuyos también, quiero creer que puedo llegar a calcificarme entera si la bebo completa, quiero relamerme los labios en conjunto con tu lengua, quiero ser la reina del pecado de la lujuria, quiero que encremes mi cuerpo, mis tetas, mis piernas, mi culo con tus líquidos, quiero que abuses de mi confianza y no esperes a que me quite toda la ropa, sino que me rompas cada pedazo de tela que me recubre, quiero escucharte gemir con esa voz ronca y decirme cuantas ordinarieces se te crucen… esta noche quiero ser tu puta.

Mi corazón latía a mil por hora, los vidrios ya estaban completamente empañados, adentro del auto parecía un infierno, sentía por mi cuerpo como si 10 manos me manosearan, y eran sólo dos, y algunas veces se sumaban las mías, también quería sentirme. Su miembro duro me recorrió por todos lados y me quemaba con su temperatura.

Estábamos un tanto incómodos, así que me doblé hacia delante para poder correr los asientos y tener más espacio para gozar. Por supuesto que aproveché la situación y esperaba con mi posición que el soldado no durmiera, sino que activara. Pensé que iba a penetrarme cuando sentí sus manos en mis glúteos, pero me sorprendí cuando algo húmedo se coló entre ellos. Su lengua estaba cumpliendo al pie de la letra mí pedido de “quiero que lamas mi cuerpo”. No obvió esa parte. Estaba experimentando el placer más exquisito del mundo. Su lengua paseaba desde mi clítoris hasta mi nuevo punto G. Sus manos separaban más mis glúteos y su lengua, disfrazada de falo, conocía un poco más mi interior. La noche culminó con un estado máximo de éxtasis hasta que el sol nos dio los buenos días.

Con Emi somos compañeros sexuales, tenemos un gran sexo diario. Un buen día, como cualquier otro, fue a mi casa por la tarde-noche. Estábamos solos. Comenzamos a juguetear, cuando sentí la cerradura de la puerta. Rápidamente nos fuimos de mi habitación, él al baño y yo a la sala. Mi vieja acababa de llegar con un tipo, y se estaban acomodando en la casa. “Este debe ser el susodicho”, pensé.

-Juli, menos mal que estás acá. Quiero presentarte a Oscar, mi novio. Oscar, ella es mi hijita, de la que tanto te hablé.

-¡Tan linda como la madre! – exclama el viejo. Típico.

-¿Estás sola? – me pregunta mi madre.

-No, estoy con… ah, ahí viene – le respondo, señalando a Emi.

-¡Viejo! ¿Qué haces acá? – pregunta Emi.

-Ah, no te puedo creer, ¡qué coincidencia Juli! Tu amigo es hijo de Oscar.

Fuente de la imagen:
demasiadogamelote.blogspot.com.ar 

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