Las puertas de vidrio de Brewster se abrieron automáticamente al paso de Cami que entró en el edificio a martillazos de tacos altos, con su falda corta en trajecito con un saco serio, gris oscuro, una carterita de mano y anteojos negros. Los anteojos la defendían de que su mente quede expuesta. Sus ojos marrones parecían haberse vuelto tan cristalinos como dos ventanitas por donde se podían explorar todas las imágenes que quedaron flotando de la noche anterior con Miguel. ¿De dónde había salido este tipo que la hacía reír, olvidarse de todo, entretenerse y sentirse tranquila, protegida? El “clip-clop” de su caminar sereno y pausado la llevaron hasta el ascensor. ¿Por qué le interesa ayudarme en lugar de buscar a cualquier otra mujer que la pueda ayudar, habiendo tantas otras y tanto más lindas que yo…?, pensaba Cami cuando se abrió la puerta. Otra vez volvió al rítmico golpe de segundero con sus tacos firmes y su postura erguida. Se sentía ganadora, segura. No es que fuera antipática pero ni siquiera miró a la gente que iba dejando a su paso. Tanta decisión en su caminar que a nadie le cayó mal que no lo hiciera. Al contrario, la creyeron abstraída en algo muy importante. Y así estaba, era algo muy importante. Los golpes firmes en el piso de cerámico pulido llegaron hasta su oficina. Mientras se sentaba y se quitaba los anteojos recordó cuando con Miguel hicieron el trato de que ella le exportaría sus obras al exterior. Obras muy interesantes, horribles, pero justamente por ello y lo que significaban lograban ser interesantes.

Recordó el momento en que Miguel le dijo, después de darse la mano por el acuerdo, muertos de risa y con engrudo que ambos se limpiaron luego en los delantales de cocina, que ahora podían hablar de Fran, y que ella se negó. Lo último que quería hablar en ese momento Cami era de Fran. Y no porque no le importase… bah, tal vez, no podía saberlo, pero no quiso hablar de ello porque no quería perderse un segundo de ese Miguel Robles tan divertido que la estaba sacando de un mar tempestuoso y para llevarla por aguas tranquilas a una isla desconocida para ella. Una isla sencilla, con muebles rústicos, con mucha madera, una gran cocina y un taller. Llamaron con dos golpes a la puerta, Lozano quería verla.

Mientras iba a la oficina de Javier Lozano, Cami pensó que le gustó que Miguel no le hubiese propuesto ir a la cama. El ambiente era tan agradable que el sexo sobrevolaba por cada rincón de la casa lo mismo que el aroma salado de la masa casera que se estaba tostando en el horno. La verdad que era atractivo, pensó y dio dos golpes a la puerta de Lozano.

-Cami –le dijo Lozano mientras la veía serena, sentada con las manos tomadas sobre el regazo y los ojos luminosos y brillantes-, cambió la cosa. Vamos a tener que abortar el proyecto de la exportación de obras de arte.

Cami enfocó mejor la mirada y lo distinguió a Lozano serio y con aspecto reservado. Cami no conseguía tocar la tierra, pero algo de preocupación pudo discernir.

-¿Me estás diciendo que ya no voy a trabajar más, Javier?

-Todavía sigue todo en pie, pero en la próxima reunión van a bajar el proyecto. No son buenos momentos, Cami, son tiempos difíciles y estas son las primeras cosas que se cortan cuando hay recortes. Sé que se estuvo hablando de esto y prefiero decírtelo yo a que en unas semanas te llegue una notificación.

-Y ¿cuánto tiempo más voy a poder seguir?

-¿Vas a seguir? Cami, esto no es una suposición, sé que van a dar de baja lo que estás haciendo.

-Bueno, pero ¿hasta cuándo puedo seguir?

Lozano se dio cuenta de que Cami no estaba tomando total conciencia de la noticia, y se acomodó en el asiento.

-Hasta que te llegue la notificación, que será después de la reunión en unas… tres semanas creo. Cuatro.

-Y ¿después qué voy a hacer?

Lozano agachó su cabeza y se adelantó sobre el escritorio. Sentía que le estaba diciendo a una niña que le teme al agua que debía zambullirse y nadar hacia otra lugar.

-No sé, Cami.

*            *           *

La puerta se abrió y la mamá de Clara Ferrari apareció alta y luminosa. Fran la miraba debajo del escalón del umbral de la puerta vestida de colores claros contra el sol de la tarde y parecía ser un sol secador de plantas y lagunas.

-¡Fran! ¡Qué sorpresa! ¿Buscás a Clara, o me traes un mensaje de tu mamá?

Fran titubeó, hizo un sonido con la boca, la miró, bajó la cabeza, la volvió a subir e hizo otro sonido con la boca, no conseguía hablar, no había preparado nada, solamente tuvo el impulso de tocar la puerta para verla a ella pero nunca se esperó que la madre de Clara atendiera. En realidad no se esperaba que nadie atendiera, creyó que la puerta lo rechazaría de la misma manera que la vida parecía negarle el placer de ver a la mujer de todos sus sueños, de todas sus caminatas, de todas sus horas de clase.

-Fran, ¿querés pasar? Clara está con su papá y sus amigos en el fondo…

“…y sus amigos” fue lo mismo que decir que había gradas llenas de gente para burlarse y reírse de él.

-No, no, gracias… este… me… me equivoqué de puerta… me equivoqué, perdón.

Y dio la vuelta y empezó a caminar rápido, mirando con la nuca y los ojos cerrados lo que pasaba a sus espaldas hasta que oyó la puerta cerrarse y salió corriendo.

Mientras Tin contaba contra la pared del galponcito las chicas salieron corriendo. Clara se escondió detrás de unas matas tan tupidas que no pasaba la luz del sol, y su amiga que intentó entrar sin éxito corrió hacia dentro de la casa y se perdió entre las penumbras del interior. Tin terminó de contar y empezó a caminar. Buscaba entre las cajas de la parrilla, atrás del montón de botellas que se perpetuaban al fondo del terreno, arriba de los árboles… Clara todavía lo espiaba separando unas hojas, tranquila viéndolo a Tin tan lejos.

Don Tomás Ferrari llegó a su dormitorio que estaba en total oscuridad. Cerró la puerta y corrió la cortinita de una ventana alta y chiquita, lo que volvió visible la cerrazón. Mientras caminaba hacia el ropero se quitó la ropa y abrió de un tirón el placard. Las prendas parecían desbordar del pequeño reducto. Separó las camisas de los vestidos de su mujer, corrió los zapatos de ella y abrió un cajón de donde sacó otro calzoncillo. Se lo puso, se dio vuelta y se quedó helado. La amiga de su hija estaba quieta, con posición semi agazapada delante de él. Don Tomás no atinó a taparse, ni siquiera a moverse. No estaba tenso tampoco sino que estaba sorprendido, y sentía fuerza, sangre revuelta en sus piernas y brazos. Ella seguía en la misma posición y Don Tomás tardó en darse cuenta de que estaba saliendo de debajo de la cama. La amiga de su hija estaba debajo de su cama… ¿para qué?

Ella se fue enderezando lentamente. Con un chiflido afónico con que sonó su voz Don Tomás le dijo que se fuera. Ella giró despacio, caminó hasta la puerta, y salió.

Se puso en cuclillas. Empezó a sentir el corazón latirle ligero. La mirada de esa chica no es de este mundo, pensó, ¿chica…? ¡Niña!, se dijo enojado. Se levantó, se acostó en la cama y se quedó con la mirada clavada en la ventanita. Sintió miedo, miedo de lo que sentía, miedo de la fuerza de aquella sensación que lo pateó como un caballo. Trató de pensar en su mujer para quitarse el fuego del cuerpo, pero al imaginarla sintió asco de ella y rompió a llorar como un Judas que sabe que le toca entregar al Salvador, como un asesino arrepentido de un asesinato que todavía no cometió.

Ella apenas cerró la puerta de la habitación contuvo las lágrimas y corrió, hasta que a metros del baño escuchó que Tin le gritaba: “Piedra libre para…”, y cerró la puerta. El sonido de la canilla del lavatorio se ocupó de todo lo demás.

*            *           *

Chango se bajó del auto pero cuando llegó a la puerta del acompañante Vero, de pie en el asfalto, estaba cerrando sola su puerta.

-Gracias, Changuito, gracias por todo. De verdad.

-¡Pero dale, quedate, Vero! Yo hablo con Brewster Argentina para que te den los días…

-Gracias, pero tengo cosas personales también. No es solamente hacer cosas lindas la vida, Changuito. Igual pronto voy a volver así vamos a Pescara, ¿te parece?

-Dale, Vero, quedate…

Vero contuvo su expresión de repugnancia, ¡cómo le desagradaban los tipos débiles! Volvió a mirarlo con los ojos bien abiertos y tomándolo de la nuca lo acercó.

-Tontín, te digo que vuelvo pronto –y con la misma mano con que lo agarraba, lo empujó hacia atrás-. Nos vemos cuando regrese, Chango.

El aeropuerto de Fiumicino estaba lleno de gente. Los autos y taxis llegaban y salían sin dejar espacio para el tránsito normal. Vero se sumergió en ese mar de personas hasta que llegó al punto acordado, y ahí lo encontró a Fran mirando un letrero luminoso, manos en los bolsillos, brazos en jarra… Y regresó al pasado. Lo recordó en ese cumpleaños inolvidable, a los catorce años de ambos, él hablaba con un amigo de espaldas a ella, con las manos en los bolsillos y los brazos en jarra, las piernas abiertas y bien plantadas, su espalda, su manera de mover la cabeza mientras conversaba, parecía ser un hombre, un tipo grande con sus apenas catorce cumplidos hacía poquito… y Vero en aquellos frescos años lo miraba como un señor que hacía su vida solo por su postura, sus actitudes, su manera de comportarse. Lo miraba desde la mesa de los postres, lo miraba desde la cocina, lo miraba desde cualquier lado todo el tiempo hasta que Fran la vio mirándola, y se acercó. Tantos años después, de solo recordarlo volvió a sentir el ahogo, los nervios, tan patente lo sentía que no notó que la Vero adulta también bajaba la cabeza en el aeropuerto lo mismo que la del pasado que acababa de volver al presente y se ruborizaba ante la venida del chico de sus sueños. Y la niña vio por lo bajo los zapatos del principito, y levantó la mirada…

-¿Cuándo llegaste?

La voz era fuertísima y Vero abrió los ojos asustada. El Fran del aeropuerto estaba enfrente suyo. Se recompuso.

-Perdoname,  estaba distraída, este… llegué recién. Tenemos una hora hasta que salga el avión.

En el café Fran le contó a Vero de lo molesto que estaba Pranna por lo de la reunión. Lo trató de niño, le dijo que le habían hecho la trampa más vieja del mundo, que de esto tenía que aprender… y le aclaró que siempre se refirió a él, no a Vero. Y Vero le contó de cómo le hicieron la trampa, de Chango –aunque solo le contó un poco y por arriba-, del llamado de Eduardo Cortés , y de que tal vez pronto estaría volviendo a Roma por un asunto familiar. La voz del aeropuerto anunció su vuelo y Fran le dijo a Vero que se adelante, que él hacía un llamado y la alcanzaba. Vero se alejó hacia la puerta de embarque y Fran marcó el número de Cami. El teléfono sonaba.

Cami bajó del ascensor y dirigiéndose a su despacho tomó el celular. Tenía que llamar a Miguel, se acababa de cumplir su primera profecía: se quedaba sin trabajo. Acomodó su cartera y antes de marcar el teléfono empezó a sonar. Era Fran. Cami se detuvo. Algo dentro suyo le decía que intentara sentir lo que sentía antes cuando encontraba ese nombrecito en la pantalla del aparato, pero hasta eso le aburrió, canceló la llamada entrante, buscó el número de Miguel y apretó “send”.

-¿Hola, Miguel?

-¿Cami?

-Sí. Miguel, tenías razón. En unas semanas dan de baja el programa de exportación de arte y quedo afuera. ¿Qué hago?

Del otro lado del teléfono Miguel sentado en el sillón de su casa sonríe.

-Cami, quedate tranquila. Si vos me dejás, yo te digo qué tenemos que hacer y lo arreglamos.

-¡Ay! ¡Sí! Gracias, Miguel. ¿Querés que nos juntemos ahora?

-Mejor esta noche, Cami.

-Dale, esta noche voy para tu casa.

Cortaron. La chimenea de Miguel estaba encendida. Hacía mucho frío, el tiempo estaba rarísimo, dos noches atrás se podía caminar por las veredas en remera. Se recostó un poco más en el sillón y tomó el vaso de vino. Cami vendría a su casa esta noche. Y volvió a sonreír.

(Continuará…)

Fuente de las imágenes:
blogs.canalsur.es
pateandoporelmundo.wordpress.com

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