El sufrimiento infantil es el karma de todos los hermanos mayores. Todos los que encabezan la lista de hijos de una familia saben de lo que hablo.

Ser hermano mayor te cambia la vida. Es como si al sortear la fortuna al nacer, siempre estuvieras en desventaja por salir primero…como la excepción del refrán “Al que madruga Dios le ayuda”. Nosotros llegamos primeros y por lo tanto somos los primeros en cargar con las macanas…a no ser que seas tan afortunado de ser hijo único, cosa que raramente ocurre y raramente se soporta.

Todo empieza con el nacimiento del segundo hijo (los demás pasan como agua). Ese es el momento en que aprendés de memoria dos palabras nuevas: hermanito/a y psicólogo. Se te da por rayar las paredes, saltas en las fotos para que te enfoquen a vos en lugar de a la esfera rosada y mugrienta que tiene prendida en la teta tu mamá. Todo es crisis, y todas tus acciones se destinan a un nuevo objetivo: captar la atención de los que eran tus padres y ahora son “nuestros” padres.

Pasando por la etapa de figuretti te vas directo a la sobreprotección. Te convertís en una mamá con escasos años de edad, ya que tu mamá te dice todo el tiempo: “trata bien al fulanito”, “no le pegués”, “cuidado que se cae si le soltás la mano”, “fijate que tome la mamadera”, etc. Así andas vos como zombi por la casa, los brazos extendidos para sujetar al enclenque de hermano que dios te dio. Estresado con tan poquita edad, soñando las mil y un maneras de asesinar a esa personita que no sabe decir bien las palabras, que todo el día pregunta “por qué” y que siempre te echa la culpa de los mocos que se manda. Y después los padres se enojan cuando los hermanos mayores cagamos a pedos a los más chicos; cuando el chip nos lo incorporan ellos mismos…

Pasan unos añitos más y llegás a la etapa de complicidad. Te unís al gueto de travesuras, en lugar de prevenirlas. Decidís hacer lo mismo que el pequeño, le seguís la corriente a pesar de todo lo que tu mamá te dijo y ahora que se las arregle quién sabe quién. Nos complotamos para formar algo más copado, nos mojamos los cepillos de dientes el uno al otro para que nuestra mamá no se entere de que en realidad queremos unas caries de regalo de cumpleaños; nos pagamos con chicles y sobres de figuritas para que uno le haga la cama al otro; nos reímos a escondidas cuando nuestra mamá venía a pegarnos por hinchar las bolas en la siesta y en realidad no nos dolía porque nos pegaba con la pantufla…Una etapa hermosa la de la complicidad, lástima que venga la adolescencia a cagar todo.

La adolescencia es cruel, no le tiene piedad a nadie. Mientras nosotros, los sufridos hermanos mayores, nos pelamos la piel estudiando para ser un ejemplo digno de seguir (otra decisión del inconsciente de los padres), nuestros hermanos menores en lugar de colaborar se ponen en plan pelotudos pasando por esa horrible transición en las que uno desea golpearles la cabeza de un sopapo a cada minuto, sacándose fotos en los espejos, ocupando el baño más tiempo para arreglarse, contestando mal en toda oportunidad y demostrándote, sin disimular, que no le importas un carajo. Todos sus problemas son más graves, todo lo que hace es más importante…incluso tus papis dejan de pedirle cosas por su irritable carácter. Cosas que vos hacés sin chistar.

Él no hace la cama y nadie le dice nada; a los dos nos regalan una PlayStation con un juego de fútbol cuando sólo él lo sabe jugar; él se copió en la prueba y la culpa es tuya porque hace 5 años, 2 meses y 3 días vos también lo hiciste y le diste un mal ejemplo; él se pone de novio a la misma edad que lo hiciste vos, pero a él lo dejan que la novia se quede a dormir, y así sigue para toda la vida.

La vida de hermano mayor es puro sacrificio. Un sacrificio que no se ve recompensado hasta que llega el momento en que el hermanito sale de la adolescencia y se da cuenta de que tiene hermano mayor y uno bien copado. Ahí empiezan con las dudas sobre la facultad; pidiéndote ayuda con materias que ellos nunca supieron que sabías; y solicitando a gritos ayuda y consejos amorosos que uno ya ha aprendido tanto golpearse con banquinas de malas decisiones. Ahí pasás de ser el invisible al sabio, de ser el responsable a ser confidente.

El fin de esta nota es claro: mi hermano es mi mejor amigo. El escucha y entiende, si no entiende te critica como nadie se anima a criticar, es el único capaz de decir la frase “esa remera te queda como el culo”, me rescata de donde esté a la hora que sea y me pelea como nadie sabe pelear. Es uno de los únicos que me han visto gritar desaforadamente, en piyama, con las mechas volando y sin pintura…y aún así va a estar conmigo el resto de mis días.

Chin-chin por los hermanos menores, por enseñarnos a tener responsabilidades y a dar buenos y silenciosos golpes.

Fuente imágenes:
www.hoypadres.com
www.embarazo.taconeras.net

También podes leer:
Manual de la novia ideal | Parte 2 

El año pasado escribíamos:
El paso de la niñez a la adultez en las mujeres

 

Compartí, no seas paco