Tin estaba sentado en un banco de la plaza con un suéter grueso y un gorro tejidos por su madre. No sentía frío aunque su respiración se podía adivinar claramente por las nubes de vapor que periódicamente salían de su nariz. Sabía que lo estarían buscando para el fútbol de la siesta y por eso no se movía de ahí. No quería estar con nadie, quería concentrarse y recordar lo mejor posible la cara de esa chica. Era lindísima. Ahora él también quería saber más de ella, pero había salido corriendo como un cobarde. Seguro que ella ya no lo querría ver más.

Cada tanto miraba a los costados para ver si aparecían los chicos buscándolo para el futbol, si aguantaba media hora más sin que lo vean el fútbol empezaría y lo dejarían en paz. No podía dejar de pensar en que ella le habló. Le habló a él. Pero a Fran también le gustaba. A Fran le gustaba de antes. Y ¿qué le iba a decir a él cuando se encontrasen? Ya no quería verlo. No quería contarle nada a Fran. Ella era lo único que le interesaba.

En el colegio Tin lo evitó a Fran durante toda la tarde. Lo vio de lejos varias veces buscar con la mirada a los alrededores mientras él se las ingeniaba para ocultarse entre otros grupos de chicos, o detrás de las columnas, entrando último a la clase y saliendo primero, e incluso lo esquivó en la salida donde Fran empezaba a preguntar a sus amigos por él. Pasó por su casa, tomó un Vascolet sin comer nada y volvió a salir. Solo sin darse cuenta apareció caminando a metros de la casa de los Ferrari. No aguantaba tanta ansiedad. Llegó a la puerta y se quedó parado ahí. No sabía lo que estaba haciendo, pero no podía soportar no verla. Y tocó la puerta.

*            *           *

Sobre vía In Aquiro, a tres o cuatro cuadras del Panteón, Chango enrollaba con habilidad  los fetuccini  alfredo con crema de camarones girando el tenedor sobre el casco de la cuchara, a la usanza romana, mientras Vero iba pinchando los camarones para aprovechar las distracciones de Chango y cortar las pastas con el tenedor arrimándolas con la cuchara. La callecita del restaurante era chiquita y simple, como todo Roma, con sus colores tierra por todas partes, con sus calles de piedra y el sol de la tarde volcándose sobre los techos y las paredes de las casas. Entraban por las dos hojas de la puerta abierta oleadas cálidas quebrando el fresco de la sombra interior, y los reflejos de la luz de la tarde aclaraban el violeta del vino de él, y cristalizaban aún más el agua mineral de ella. Una música bajita de tarantela parecía arruinar el ambiente, pero con el pasar de las horas a Vero se le antojó que ese era la ambientación real de un restaurante romano, y le encantó el desarreglo musical. El mantel a cuadros le robó una sonrisa. Parecía tan ingenuo… Era un típico delantal de las cocinas de pueblo, que no veía desde hacía años porque ya no se usaba, y sin embargo le daban al lugar una sensación de “casa de la abuelita” que valía la pena, aunque cada vez que pasaba su mirada por los cuadros colorados y blancos volvía a sonreír.

Chango seguía hablando. Hablaba sin parar. Lejos de molestarle, estaba encantada. Cuando Chango parecía que iba a callarse ella le hacía una pregunta sobre él, y otra vez volvía con su verborragia imparable. Lo había estado observando durante el almuerzo y entendió algunas cosas. Vero no podía explicarse que ese imbécil pudiera ser parte del directorio de Brewster, pero mirándolo mejor descubrió rasgos como ángulos en sus cejas o asimetrías en sus ojos que denotaban criterio y carácter. Incluso cuando pidió al mozo los platos se dirigía a este de una manera muy segura, todo lo contrario que cuando hablaba con ella que lo hacía con un exceso de confianza patético. Incluso en un momento, cuando Chango le estaba contando de sus competiciones náuticas, ella para poner ponerlo a prueba lo interrumpió diciéndole “¡Bobo!”, a lo que Chango la miró sorprendido unos segundos hasta que ella le dijo “no, no, está bien, seguí, por favor”, y Chango reanudó la conversación con la misma sonrisa y entusiasmo anteriores y sin ninguna pregunta.

Vero empezó a sentir esa cosa de mina, el deseo morboso en la mujer de usar a ese tipo. De controlarlo, de someterlo, de disfrutarlo sin reparos dominando todo el tiempo la situación. ¡Era tan sencillo…! Y era lindo. Chango era muy lindo. Era tan ingenuo con ella, o mejor dicho con las mujeres, porque cuando hablaba con cualquier mujer, incluso en un local, le cambiaba la actitud y aparecía su costado más débil, su lado más triste, su parte más estúpida. La conversación de Chango era lamentable, pero en tres momentos en que habló por teléfono (con otro hombre) su diálogo era certero, decidido, claro, seguro y determinante. Pasaba el tiempo, pasaban los fetuccinis, y Vero empezó a sentir la excitación de saberse tan poderosa frente a un hombre fuerte. Fuerte entre los hombres, y manteca con las mujeres. Chango seguía contando de las cosas menos interesantes de su vida y Vero se excitaba cada vez más imaginando el poder que ella pudiese tener manipulando a este director de Brewster Europa. A más detalles del fixture de sus regatas, más le temblaban las piernas Vero, a más detalle de los autos que tenía, más se le escapaban sus manos buscando las del pelotudo. Empezó a plantearse el por qué no, por qué no decir las tres o cuatro frases adecuadas y pasarse los próximos meses de su vida montada sobre ese capón mansito, viviéndolo y asegurándose una vida tranquila por el resto de sus años con el tipo que quisiera, con Fran por ejemplo… ¡Fran! ¡Tenía que avisarle de la reunión!

-Chango, ¿me esperás que voy al baño?

-Sí, te acompaño…

-¿Qué?

-Ah, no, perdón. Sí, sí, te espero.

-Dale, gracias.

Fran. La sola mención de su nombre la había hecho, no solo olvidarse del poderoso imbécil, sino que además la eyectó de la silla para encontrar la manera de advertirle de la cancelación de la reunión. Si bien no se estaba excitando, sentía que se llenaba el cuerpo con algo lindo, con algo sereno y estable de solo pensar en él. “¡Pensar que llegué a pensar en involucrarme con este nabo! Lo que puede hacer en mí una buena billetera y un par de ojitos verdes…”.

-¿Hola, Fran?

-Vero, cómo estás. Estoy llegando a Brewster, ¿vos dónde…?

-No, Fran, me acabo de enterar que la reunión se pasó para mañana.

-¿Se pasó? ¿Dónde estás?

-Yo estoy en un restaurante cerca del Panteón con un pesado del directorio de Brewster Europa. Un pesado en los dos sentidos.

Fran se rió y se detuvo en una esquina.

-¿Necesitás que te rescate?

Que si necesito que me rescanten, pensó con sorna Vero. Son niños, son tan tiernos…

-No. No, gracias, Fran. Creo que puedo manejar esto sola. ¿Vos? ¿Qué vas a hacer?

-Bueno, no sé… ¿Para cuándo se pasó la reunión?

-Para mañana, aunque todavía no sé la hora.

-Bueno, hablamos mañana, Vero. Avisame apenas sepas la hora de la reunión.

-Sí, Fran. ¿Vos qué vas a hacer? –Vero empezó a tener ganas de dejar clavado a Chango en la mesa y escaparse por las ventanas del baño, o disfrazada de mozo…

-No sé, Vero, pero no te preocupes. Nos vemos mañana.

-Un beso, Fran –dijo Vero y sintió que Fran se le escapaba entre las manos.

-Un beso, Vero.

Fran  se quedó parado en la esquina un rato pensando qué hacer. Al fin había logrado concentrarse en la reunión y ahora tenía que esperar hasta mañana. Sacó del bolsillo un planito de Roma y vio que estaba cerca del Castel Sant´Angelo, del Vaticano, del Tiber y emprendió una caminata para allá. Ya estaba decidido: dejaría a Camila. En este juego de dudas perdían todos, tanto ella como él. Si no la amo, más allá de que la quiero, estando con ella no voy a poder resolver nada, voy a estar todo el tiempo frenándome para pensar si estoy siendo infiel o si estoy atado a una piedra.

Otra vez volvió a sentirse bien con la decisión que tomaba, y hasta sintió placer de poder pensar con libertad en Verónica. Tuvo la sensación de que de todo lo que estaba viviendo, lo único que estaba mal era la relación con Cami. Todo lo demás estaba perfecto. “Cuando vuelva la voy a buscar y terminamos la relación”, pensó. Cruzó la calle, caminó diez metros y sonó su celular. Era Cami. ¡Qué pocas ganas de atenderla! Se me va a notar todo lo que pienso en la voz. Cami siempre me saca todo en mis tres primeras palabras…

-¿Hola, Fran?

-Cami, cómo estás.

-Bien, ¿vos cómo estás?

-Bien, bien. ¿Estás laburando?

-¿Seguro que estás bien?

Las minas tienen como un radar.

-Sí, Cami, ¿Estás trabajando?

Cami sintió que le daban dos golpecitos en el hombro y se dio vuelta. Javier Lozano le hacía señas y muecas que más que un mensaje mudo parecía un ataque de epilepsia.

-Oíme, Fran, tengo que cortar, pero quiero que me digas qué te pasa.

-No me pasa nada, Cami…

Cami sintió que un vapor ardiente brotaba del pecho y le recorría por la cara.

-Bueno, bueno, veo que no querés contarme. No pasa nada…

-No, Cami, a ver. Escuchame…

-No, Fran, no te hagás problema.

Y cortó.

Lo miró a Lozano con cara de cansancio, con abrumadora cara que lo acusaba de inoportuno, tanto que Lozano se alejó inconscientemente un paso y le dijo con mejor postura: “Afuera está Miguel Robles, el artista”.

-¿Quién es Miguel Robles?

-¿No lo conocés? Me dijo que venía a verte, y pensé que lo conocerías…

-Ah, bueno, tal vez lo conozco y no me acuerdo. ¿Dónde lo puedo recibir?

-En mi oficina.

Cami se sentó en el escritorio de Lozano y, mientras esperaba al tipo este que venía a verla a ella, no pudo evitar pensar en el tono y las palabras frías y muertas con que le había hablado Fran. Se le hizo un nudo en la garganta, sabía que estaba cada vez más cerca de un final que estaba intentando revertir, pero no sabía bien cómo. La puerta se abrió de repente, sin anuncio ni llamado con dos golpes. Cami enderezó el sillón en donde se hamacaba y, sin darse cuenta, se puso de pie. Por la puerta apareció un hombre sonriente, simpático, contento… tan contento que Cami empezó a sentir rechazo. “Lo único que me falta es que vengan a contarme chistes”.

-¿Camila Llorente?

-Sí, Miguel…

-Miguel Robles. Vine a verla porque Cristian Martínez Kelly me dijo que me estaba buscando.

-¿Que yo lo estaba buscando? ¿Lo conoce a Cristian?

-Sí, me dijo que usted estaba con algunos problemas, y que necesitaba ayuda.

Cami no entendía nada. ¿Qué era lo que andaba diciendo su amigo Cristian de ella? Cristian era el que la había recomendado para entrar a Brewster, así que no iba a rechazar la visita de este Miguel, y tampoco eran tan amigos como para levantar el teléfono y preguntarle que quién corno era este que venía de parte suya.

-Bueno, Robles, siéntese. Y ¿qué problemas le dijo Cristian que yo tengo?

-Bueno, solo mencionó algunos, que tiene que hacer un emprendimiento de arte de la nada en una empresa que no tiene ningún interés en la estética ni en la vida, que acá en Brewster la tomaron por compromiso pero que la van a volar de una patada, que la patada se la van a dar cuando a su novio se le adjudique el nuevo destino…

Cami lo miraba en silencio, con la cabeza levantada y la espalda doblada, mirándolo desde un poquito más abajo, como pidiéndole piedad al destino, con la boca a medio abrir y los ojos vidriosos. Robles estaba recitando sus problemas con mucha más claridad de cómo los veía y conocía ella.

-…y que a su novio, al que le van a adjudicar el nuevo destino, ya lo perdió.

Cami, ya sin conseguir respirar, se llevó las dos manos a la cara, se agachó y se quebró en un llanto sonoro y líquido, demoledor, que parecía dejar fluir mucho tiempo de continencia.

-¿Señorita Llorente…?

Camila levantó la mirada con la cara embarrada de tinturas grises, carmines y rodadas, deformada en una expresión de agotamiento.

-No llore más, ya llegué –dijo Robles y volvió a sonreír fuerte y sereno, y Cami tuvo ganas de mirarlo y por unos segundos se quedó así, apagado el llanto, con las manos juntas en el borde del escritorio, la espalda doblada, la cabeza apenas levantada, sus ojos hinchados, sus pómulos empapados, la cara descolorida y en sus pupilas el reflejo de esa amplia sonrisa, la misma que le vino a decir que estaba ahí porque ya lo había perdido todo.

 (Continuará…)

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