Voy a contar la anécdota por la cual entendí que saber algo de autos es muy importante. No digo que puedas arreglar un motor, pero por lo menos lo básico… básico como lo que yo no supe. Aaaaa y todo esto es cierto.

A los 18 mi viejo me regaló un hermoso Súper Europa, eran mis épocas de fierrero y aquel lavarropas con motor era lo mejor que te podía pasar en la vida, casi casi como que te regalaran ahora un Cruze 5 puertas, o un Citroën DS4… una cosa de locos. El día que cumplí 19 me lo chorearon en la Arístides y jamás tuve noticias de él.

La cuestión es que me lo garpa el seguro y un amigo agenciero nos deja dos buenas alternativas para probar. Un Gol de los cuadraditos y un Escort de los viejos. Yo tenía que elegir uno. Esa semana andaba en el Escort, que era un auto lindo, solamente no le andaba bien el tablero y sus luces.

Era un día Martes de verano, noche negra y cálida. Me pongo camisita blanca, bermudita color “camel” (marrón clarito para los hombres), perfume y me voy a lo de mi novia que en aquella época vivía en el Barrio Santa Ana. Entre cena, peli y que al otro día cursaba de noche, me quedé como hasta las cuatro de la mañana.

Se hace la hora de irme y agarro Bandera de los Andes hacia el Oeste, a las pocas cuadras de salir de lo de mi novia el auto me empieza a fallar, como a “cascabelear”, no se, como que se quiere parar. Sobre Bandera de Andes no había ni el gato, así que de puro caliente le pego una acelerada de puta madre para ver si así se dejaba de fallar. La noche estaba oscura y solitaria.

Entonces pasó lo peor, a la altura del puente de Hierro el auto se me para por completo (en el mapa está como un punto color lila). El corazón me entro a latir desesperado. En ese lugar se han matado miles de personas en accidentes y se han suicidado otras cientos, por lo que fantasmas en pena vagan solitarios, seguramente matando más gente. Por otro lado está el Barrio Patrono Santiago y el Barrio Avenida, con esos nombres es obvio que lo que menos hay es gente que trabaje de día en cosas normales, como atender un kiosco o en un lubricentro y que fumen cigarros y tomen agua. Uno está lleno de chibitas re fuleros y el otro de asesinos.

Me temblaba todo. Trabo las puertas e intento arrancar el auto y nada. Le di, le di, le di y nada. Cuando sentí que le empieza a costar el arranque me di cuenta que iba a reventar la batería, así que decidí abrir el capot y ver el motor. Recuerdo esa imagen como estar viendo un chip, o un papiro escrito en Chino Mandarín antiguo. Siempre pensé que es más fácil entender a una mujer que a un motor, por lo que decidí dejar de hacerme el mecánico y cerrar el capot. La noche estaba oscura como una caverna, juro que sentí ruido de lobos aullando no muy lejos.

En aquella época los celulares eran un bien de ultra lujo para algunos pocos, obvio que yo no estaba entre esos pocos. Lo primero que pensé fue en correr hasta mi casa, que estaba a unos siete kilómetros de ahí. Si no me hubiesen robado el auto hacía unos meses lo hubiese hecho, pero imagínense lo traumado que estaba. Era imposible que dejase el auto solo, seguramente los del Patrono Santiago me lo desmantelarían y los del Avenida me dejarían en bolas, listo para ser devorado por los muertos vivos que deambulaban por el puente de hierro o llevado al más allá (a las Ciénegas) por los Zombies y Fantasmas de aquella zona.

Me paré en medio de la calle, intentando divisar algún auto que me auxilie, no pasaba ni el gato, solamente sentía los ruidos de los monstruos y los asesinos que me acechaban. Tenía que llamar a mi viejo, él sabe muchísimo de autos, me tenía que auxiliar…. ¿pero como hacía? Si llegaba a golpear a las 4 de la mañana la puerta de alguien probablemente me iban a recibir con un amable y dulce balazo entre los ojos, necesitaba comunicarme con mi viejo, entonces… ¿Qué hacía? A media cuadra de donde me había quedado parado había una estación de servicio, pero el drugstore no funcionaba hacía años, por lo que deduje que no debía haber más que nafta y gasoil, nada de teléfonos.

La única forma de llamarlo a mi viejo era desde un teléfono público, el próximo teléfono público estaba en Bandera de los Andes y Arenales, ahí en la heladería Italiani (punto verde en el mapa) a unos 3 kilómetros de donde estaba (el camino está marcado en rosado en el mapa). Fue así que me saqué la camisita blanca para no sudarla más, me arremangué la bermuda un poco más, puse el auto en punto muerto y comencé a empujar a la bestia, solito. El miedo me generaba adrenalina y esto más que valentía me daba fuerza.

Atravesé la zona de Zombies y Freddys, me salvé de los Asesinos a Sueldo, me apreté contra el paragolpes trasero y me salvé de los Tirapiedras. Chivaba como un condenado, llevaba menos de un kilómetro y me dolían hasta las muelas, pero el miedo era más fuerte, así que seguí, sin siquiera un puto tachero que me diera una mano.

Atravesé la zona de los Fantasmas Tenebrosos y juro que uno me observaba desde una casa, luego pasé el Lago del Terror en la Avenida, donde habitan monstruos malísimos que se comen niños y travestis. En la zona de los Ovnis cerré los ojos y empujé como diablo, porque les tengo un pánico atroz. Pasé Urquiza y no había nada ni nadie lavando autos, seguramente el que atendía la garita del orto estaba endemoniado y más que ayudarme me comería el cerebro, por lo que decidí seguir, estaba a mitad de camino.

Calculo que los Malosos y Patoteros deben haber temido de mi, el que a aquellas horas empujaría un auto solo es porque era o asesino, o loco, por lo que me dejaron en paz. El último tramo lo hice reventado, estaba a unos metros e iba pasando la zona de destripadores, donde miles de historias han asustado a niños y jóvenes, me imagino que no pasó nada porque ya estaba asomando el sol, deben haber sido cerca de las seis. Por eso me salvé nomás.

Así que llegué al bendito teléfono (suerte que estaba ahí porque más allá empieza Mordor y ahí si te quiero ver de noche), parecía que había caído la bomba nuclear… sobre mí. Estaba reventado, todo transpirado, colorado, mojado, con la espalda y los gemelos a la miseria, el culo me dolía como si hubiese montado un caballo de piedra durante dos semanas consecutivas. Las rodillas me temblaban y no daba más. Llamé a mi viejo, se levantó asustado, lo tranquilicé y le dije donde estaba. Eran pocos kilómetros de mi casa, así que a los diez minutos estaba mi viejo ahí.

¿Qué pasó Bomur?

Nada pa, no sé que le pasa a esta pija, se me paró y no arranca.

Pero ¿Qué hacía antes de pararse?

No se, cascabeleaba, como que arrancaba y se paraba, una verga. Lo vengo pechando desde el Puente de Hierro.

¿Quéeeee? ¿Desde el Puente de Hierro? ¡Estas loco!

Ya fue, vamos a la casa que estoy hecho percha, atémoslo a tu auto y llévame, mañana vemos que le pasó.

Para, a ver, abrime el capot.

Abro el capot y mi viejo en pantuflas se pone a ver el motor. Lo deja abierto y me mira con ojos raros.

Dale arranque.

Le doy temiendo a que arranque en un segundo y quede como un choto y nada ¡toma viejo pelotudo! ¿viste que era groso?, pensé.

A ver, correte.

Le da arranque mi viejo una sola vez y nada.

¿Viste viejo que está roto? ¡Que auto pija! ¿Qué mierda le puede haber pasado? – dije re caliente.

Me mira mi viejo con cara de “que boludo es mi hijo” y me dice…

¿Empujaste el auto hasta acá solo?

Si…

Siempre dice que los chotos y los tontos tienen fuerza.

¿Va que te pasa? ¡Si ves que no anda la poronga esta!

Te quedaste sin nafta infeliz… a media cuadra de una estación de servicio.

Fuentes de las imágenes:
www.taringa.net
imagina65.blogspot.com.ar
www.losbloguitos.com
secretowicca.blogspot.com.ar 

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