Caleidoscopio: “Una cuadra más junto al Tíber”

El fin de la tarde los encontró caminando por la callecita empedrada que rodea a la Piazza del Popolo. Era una callecita amurallada de un lado por una pared que la separaba de la plaza y tapiada de piedras continentes de un terraplén del otro. Había faroles plantados en el empedrado de la angosta calle y árboles naciendo inmensos por encima del terraplén, a la altura de sus miradas. A metros de los árboles, unos caminitos se perdían y empezaba un murete con una reja y la silueta angulosa y quebrada de los frentes cuadrados de los coloridos edificios romanos. Hacía un rato que habían callado sus voces y el silencio les llevó la mirada al piso, caminando por el medio de la calle haciendo alarde del poco rigor a las normas de todo el territorio italiano.

El murmullo inmenso en Roma apaga su furor en algunos rincones, y la callecita, a pesar de estar pegada a la plaza, era un murmullo lejano, pisadas, y la retórica constante de sus pajaritos. Siguieron caminando en silencio atravesando el sopor cálido del aroma de las plantas cuando Fran la miró a Verónica que, en ese preciso instante, lo miró. Se rieron bajito y volvieron su mirada al piso. El silencio, sin preguntar, se transformó en complicidad, en ganas, en deseo. Se transformó en una pregunta y en un sí. Tal vez por eso Fran no se sorprendió del choque de sus manos, ni de que, sin mirarse, él abriese su palma mientras sus nudillos se tocaban, ni de que ella voltease la mano y agarrase francamente la suya.

Tomaron la avenida y salieron del área de la plaza.

-Te acompaño al convento.

-¿Al convento? –preguntó Vero y volvió a reírse-. No, te mentí. Estoy parando en la Residenza Vaticana.

-Y ¿por qué me mentiste?

No había enojos, ni sorpresas reales. Las voces eran pegajosas como una conversación de dos cabezas sobre almohadas mullidas que solo hacen sonar sus voces para cantar sus risas y así seguir volviéndose irresistibles.

-Para que te preocupes.

-¿Para que me preocupe… o para que yo tome la decisión de resolver dónde pasarías la noche?

Vero se detuvo, se puso de frente a él y lo miró. Sintió que tenía más tiempo y pudo encontrar más canas de las que parecía tener en su pelo, miró su nariz con esa pancita en el medio y la redondez de su punta, miró mejor sus pómulos y dio un paso hacia él, miró mejor sus pestañas que de lejos parecían pintadas con delineador, casi podía contar las arrugas que saltaban hacia los costados de sus ojos, se acercó más y observó sus labios, sus labios con esas redondeces, las comisuras de la sonrisa que ya no estaba, vio cómo la boca de Fran se aflojaba, cómo aparecieron apenas sus dos paletas blancas, y sintió una mano que se zambulló por su pelo hasta llegar a su nuca, y su cabeza cedió a un tirón lento e imparable y todo se apagó, y todo se volvió labios, labios y calma, suavidad, descanso, y su cuerpo se aflojó, y todo era labios, labios suaves, sus piernas ya no la sostenían, descubrió la otra mano de Fran en su espalda, sintió su cuerpo aplastarse a él, sintió cómo Fran la apretaba, y la apretaba más hacia él, y labios, y su cara se anestesiaba, y el mundo se dormía, y sin imaginar su cuerpo se pensó desnuda, y lo pensó desnudo, y se sintió robada, sintió que Fran había descubierto la puerta, que había entrado, que… pero ya no estaban los labios de Fran. Solo sentía el eco de sus pasiones, las últimas estelas del sedante sobre su espíritu, los labios… ya no sentía los labios de Fran y no quería despertar, quería que vuelvan a aparecer, y todo estaba oscuro, y sus labios en “u”, y comenzó a sentir que había refrescado, y su falda flameaba, y algún auto, murmullos, y abrió los ojos.

Manchas, colores, formas toscas, una cara, pestañeó, el contorno de la cara, movimiento, los ojos, la sonrisa, pestañeó otra vez y todo se enfocó mejor, y lo vio a Fran mirándola con una sonrisa, y recién ahí advirtió que no estaba parada sobre sus pies sino que Fran la sostenía con su mano atrapándola contra su cuerpo. Y sintió un rayo de dignidad que le pegó en la frente, y enderezó sus piernas, y se separó de su cuerpo, se peinó, tropezó, se agarró de su brazo, volvió a intentar recuperar el equilibrio, miró a los costados, la calle, la plaza, su cabeza se aclaraba más, y lo volvió a mirar. Ahora sí, ahora era nuevamente el Fran de siempre, y este la tomó de su brazo, la atrajo hacia su hombro y caminaron nuevamente mudos y trenzados por la avenida. Otro pestañeo y las veredas y la calle tomaron significado y volvió a estar en Roma, con un cielo ya oscuro, con los frentes de los edificios iluminados de luces amarillas, y llegaron al Tíber. Recién ahí Fran recordó que antes hubo una Camila en su vida.

No era una persona infiel, y justamente por eso se permitió pensar en los cambios que estaban pasando por su vida. Estaba claro que a Cami la podía querer mucho, pero no la amaba, lo que no estaba tan seguro es si quería perderla. Tal vez tenía que volver a empezar con Cami, pensó, y fijarse qué sentía por ella ahora cuando todo estaba mutando en su cabeza, pero Verónica era mujer y respiró que ese silencio sobre el puente Regina Margherita no lo estaba compartiendo con ella.

-¿En qué pensás, Fran?

Fran empezó a sentirse confundido. No quería ser infiel, no era necesario. Podía resolver la situación de una manera prolija, sana. No sabía ya si tenía ganas de seguir caminando con Vero del brazo, y ese pensamiento movió mínimamente su mano y Vero lo soltó sin titubeos.

-¿Te pasa algo…?

-Vero, tengo que decirte algo –y miró las manchas amarillas y coloradas que flotaban luminosas en el río-. Estoy comprometido.

Fue un segundo el que se permitió Vero para la frustración, pero de inmediato su cabeza barajó de nuevo. Pasó lo que temía, la confusión y la culpa. Cuando hay culpa los errores pagan la fiesta, y ella todavía estaba en la categoría de “fue un error”, debía salir rápido de ese lugar.

-C… ¿cómo? ¿Estás con otra mujer?

-Sí, Vero, perdoname, es que estoy en una crisis, bah, no sé bien dónde estoy parado…

Vero miró también hacia el río, pero no miró el reflejo de las luces, sino que fue construyendo en su mente cada paso que debía dar en adelante.

-Vero, sé que debí habértelo dicho antes, pensé que tal vez lo sabías.

-Es esa Cami, ¿no?

-Sí, ¿cómo sabés?

-Escuché en Brewster que hablaban de una Cami pero siempre pensé que era una hermana o una prima tuya. No pensé que estuvieras con alguien.

Se quedaron un momento apoyados en la baranda mirando el agua.

-Fran, gracias por la compañía, pero prefiero volver sola al hotel.

-Vero, dejame que…

-No, Fran –y lo miró a los ojos-. Gracias –agregó después, dio media vuelta, y se alejó caminando por la vereda iluminada.

Fran se quedó mirándola. Le gustaba mucho Vero, pero sentía un cierto alivio. Tenía que tomar la decisión de terminar con Cami o volver a empezar. Vero dejó atrás el puente y dobló por la costanera al río. Sentía que podía perderlo en cualquier momento y le pareció bueno que Fran se quede mirándola caminar al menos una cuadra más.

Fran cruzó la calle del puente, se apoyó en la baranda, y la vio a Vero de lejos caminar una cuadra más junto al Tíber.

*            *           *

-Fran, ¿qué te pasa?

-Nada, Tin. ¿Por?

-No sé, es que estás como raro. ¿Sabías que Carlitos el del quiosco me dio un chocolate por juntarle las hojas de la vereda?

-¿Un chocolate?

-¡Sí! Me dijo que si juntaba todas las hojas me daba un chocolate, y agarré las hojas, las puse en una bolsa y me dio un chocolate. ¿Vamos?

-¿A dónde?

-¡Al quiosco, Fran! ¡A lo mejor hay más hojas para juntar!

Fran prefería pensar en ella antes que hacer cualquier cosa. Mientras pateaba piedras y levantaba polvo del camino de tierra intentaba unir los dos mundos que compartía en su mente y así resolver que Tin no lo molestase más con sus programas de siempre.

-Fran, decime qué te pasa.

-Nada, Tin. De verdad.

Pero la vida a los doce años tiene pocas cortinas, y en un momento Fran inocentemente quedó al descubierto.

-¿Vos sabés cómo se llama la amiga de Clara Ferrari?

-¿Qué amiga?

-La que está en su casa.

-No, ni idea… Y ¿para qué querés saber?

Fran se dio cuenta de que no estaba preparado para un cuestionario sobre el tema.

-No, no sé…

-¡Aaaa, te gusta la amiga de Clarita!

-¡No, no me gusta!

-¡Síii, te gustaaa!

-¡Callate, pelotudo!

-Es por eso que estás así, porque gustás de esa chica. ¿Querés que la espiemos?

Fran lo miró y un fuego incontrolable hizo erupción dentro suyo.

-Ni se te ocurra acercarte a ella, ¿me entendiste, forro?

Tin se quedó helado. No entendía qué era lo que estaba pasando. Bajó la mirada al camino y siguieron pateando piedras un rato en silencio.

-Fran, no me voy a acercar, pero si querés te ayudo a averiguar cómo se llama.

Fran transpiraba. Tenía que decidir si compartía su secreto con Tin a cambio de que lo ayude, o guardarse el secreto y quedarse sin saber mucho más de ella que lo que su ventana pudiese revelar. Otro silencio pateando piedras.

-Yo solamente por curiosidad, Tin. Pero me gustaría saber cómo se llama. ¿Me ayudás?

-Sí, Fran. Le voy a preguntar a mamá…

-¡No! ¡No le preguntes a nadie!

-¿Por?

Fran no podía explicarse ni a él mismo sus reacciones.

-Porque tiene que ser algo de nosotros.

-Y ¿cómo lo vamos a averiguar, Fran?

-Yo te voy a decir lo que tenemos que hacer, Tin.

*            *           *

-¿Hola, Chango?

-¿Eduardo?

-Sí, ¿cómo estás?

-Bien, ¿qué necesitás?

-¿Estás ocupado?

-No, estoy comiendo. ¿Qué necesitás, Eduardo?

-Oíme, Chango, creo que lo mejor sería que Pranna no esté en la reunión. No quiero que escuche la negociación de la venta de las petroleras.

-Pero Pranna no vino, mandó a alguien, no sé a quién.

-Ah, entonces esa Verónica vino en reemplazo de Pranna…

-No sé quién es Verónica.

-Mirá, Chango. Hay una Verónica que vino de parte de él que está parando en Residenza Vaticana, lo sé porque Brewster le está pagando el cuarto. Yo no sabía que él no venía, así que ¿por qué no te ocupás de que esa mina no llegue, no sé, que se retrase, que tenga algún inconveniente y que no llegue a la reunión?

-Sí, ningún problema. Pasame los datos por mensajito que mañana me ocupo. ¿Está buena?

-Está más buena que nadar en bolas.

Chango se rió.

-Me encantan hacerte favores, Eduardo.  Despreocupate, esa Verónica mañana no va a estar en la reunión.

 (Continuará…)

Fuente de la imagen: http://puesta-en-valor.blogspot.com.ar/2010_07_01_archive.html

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    Comments

    1. Jarod_DP says:

      Marcos!!! genial cómo siempre!!! me tenés intrigado hermano… te sigo desde mi celu cómo con FF!!

    2. Belu says:

      Que hermoso capítulo! estoy viendo

      • Belu says:

        Le di al “enviar comentario” sin querer…jajajajajaja…como venía diciendo: estoy viendo q el rompecabezas de esta historia tiene muchas piezas para reconstruir, me gusta, me gusta q nos tengas a todos atentos a detalles para lograr unir todo…y tus descripciones por dios! como me pierdo en tus descripciones…

    3. Celso Jaker says:

      Me cago en los boludos con consciencia!!! Como dejar ir a ese terrible bombón caminando a la vera del Tiber…

    4. Lore says:

      Hola Marcos, hermoso capítulo, muy linda escena la del beso.
      Ahora, me quedé pensando, en un capítulo Vero dijo que conocía a Fran de hacía mucho tiempo. ¿Vero es “ella”?

      • Marcos Valencia says:

        ¿Que si Vero es ella? Lo siento pero para saberlo vas a tener que seguir leyendo, Lore…

        • Lore says:

          No es que yo quiera saber de antemano, pero no me quedó claro que si vos quisiste decir eso cuando mencionaste que lo conocía de mucho tiempo, o tal vez eso me imaginé yo.

    5. Lore says:

      ¡Uquina qué genia! ¡La pregunta que todas queríamos hacerle y no nos animábamos! ¡Un gusto genia!

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