Regalito Peruano

A unas 6 horas en bondi desde Lima, hacia el norte, hay una ciudad llamada Huaraz. Es la capital del montañismo de altura de la Cordillera Blanca, según dicen la cordillera tropical más alta del mundo. Moles enormes de roca cubiertas por glaciares de miles de años se presentan por doquier. Es una parte poco “vendida” turísticamente en nuestro país si se compara con el camino del inca, pero como somos medio jodidos con la Vieja de la Bolsa y no contratamos nada donde sea obligatorio ir guiados por un tercero, optamos por conocer la parte no promocionada de Perú. Para este viaje nos acompañó nuestra amiga Mammut y partimos los tres hacia un país que nos depararía muchas sorpresas.

Después de pasar unos días en Lima comiendo ceviche y cuanta comida local encontramos, partimos a Huaraz. Perú en cuanto al transporte público es algo particular. Los taxis por ejemplo no tienen reloj ni tarifa fija, uno se pone a regatear el precio con el taxista al costado de la calle y se paran más taxis detrás a gritarnos “yo te cobro menos de lo que él te diga!”. Si no estás de acuerdo vas rechazando ofertas y alguno vas a conseguir que te lleve por menos. Una especie de canibalismo comercial en su máxima expresión. Así es el estado de los taxis…

El viaje en bondi desde Lima a Huaraz estuvo muy bien, excelente servicio, limpito, pantalla individual con tres películas por persona, todo lindo. Lindo. Cuando te subís hay un detector de metales y scanner para valijas, y una vez arriba pasa un flaco filmando todas las caras por el pasillo del bondi. La historia de terrorismo que tiene este país ha dejado sus secuelas.

Huaraz nos recibió con el desayuno en la terraza de un hostel a las 6 de la mañana de un día despejado. El Huascarán, la quinta cumbre más alta de Los Andes se presentó como un imán del que era imposible retirar la vista. Pasamos un día caminando por los alrededores y empezando a meternos en el folklore del interior de Perú, donde el colonialismo español nunca logró penetrar y sigue dominado por los descendientes de los pueblos quechuas y sus parientes originarios, más algún descendiente de chino que ofrece un tipo de comida llamado chifa.

Por primera vez nos empezamos a sentir como extranjeros. Simplemente nuestra ropa ya nos diferenciaba notoriamente y la gente nos trataba en consecuencia. En general conocimos gente muy buena, amable, y acostumbrada a ver su ciudad invadida por gringos que dejan lindas propinas. Esto hizo que algunas veces nos costara el regateo por la suposición infundada de que teníamos dólares en lugar de argenpesos.

Partimos de Huaraz al día siguiente en una combi para diez personas que llegó a cargar dieciséis en algunos tramos. Íbamos en la última fila de asientos y las cholas se daban vuelta para mirarnos como quien mira un astronauta. Una de ellas necesitaba unas monedas para el pasaje y le ayudamos a completarlo, lo que agradeció a su modo. La combi recibía un maltrato increíble al cruzar zanjas que cortaban el camino y el chofer ni pensaba siquiera en tocar el freno. La última fila de asientos no era el mejor lugar para estas geografías, pero nuestra aventura había empezado y nos chupaba todo un huevo.

Llegamos a Yungay y caminamos hasta encontrar una combi más chica después de un regateo que por poco no terminó con una puteada mutua. Subimos con tres cholas, una de ellas sentada en un banquito de madera porque no alcanzaban los asientos. El camino era de tierra y subía rápido, llegando a Cashapampa, a 3,000 metros de altura a las dos hora de haber salido. Esto más que un pueblo era un caserío, todo de adobe y muchos animales sueltos por la calle. Varios burros usados para transportar cargas descansaban a un costado del camino.

Desde este punto iniciamos nuestro trekking de seis días. Entramos por una quebrada que sube hasta el paso de Punta Unión a 4,700 metros, donde llegamos al cuarto día de caminata y luego de sortearlo bajamos por otra quebrada hasta Huaripampa. Los paisajes que vimos fueron impresionantes. El clima acompañó bastante y nos mojamos un solo día, nada grave. Al salir de esta segunda quebrada teníamos que llegar antes de las 14.00 a un lugar llamado Vaquería. Por media hora perdimos el último transporte público que podríamos tomar.

Dado que la única opción era hacer dedo, nos quedamos ahí una media hora hasta que apareció un camión igualito a esos que salen en el programa Rutas Salvajes. Le hicimos dedo y traían la parte de carga vacía, por lo que nos subieron y partimos. Si bien estaba vacío, tenía una cantidad de tierra importante pero sin pensarlo nos tiramos a descansar mansamente. El camión fue subiendo hasta pasar por otro paso de 4,700 metros y empezamos a bajar por un camino de cornisa no apto para cardíacos. Hubieron varias curvas donde el camión no alcanzaba a doblar y debía hacer dos maniobras para seguir. Por suerte los frenos estaban ok.

Esto nos dejó en Cebollapampa donde encontramos un lugar para acampar muy lindo, al costado de un arroyo tranquilo. Después de seis días y un descenso en camión, nuestro estado era bastante mejorable. Me metí en calzoncillos al arroyo, juntando unos huevos sobrehumanos por el frío del agua y me di una especie de baño.

Después saqué agua del arroyo y me lavé el pelo, o la escoba que traía en la cabeza. Las mujeres hicieron lo propio. Si bien quedamos peor que alguien que juega tres partidos de fútbol, sentíamos que estábamos impecables. Ese día cenamos una cantidad de fideos con tuco como para seis personas, y no quedó nada. En breve estaríamos de vuelta en la civilización y no hacía falta guardar más reservas.

Al otro día partimos de vuelta a Yungay en una combi tranquila. Cuando llegamos a este pueblo debíamos conseguir otra combi para volver a Huaraz, donde estaba parte de nuestro equipaje y nuestro querido hostel con plumones en las camas y duchas con agua caliente. Llegamos a Yungay como a las 5 o 6 de la tarde. En la terminal, las combis pasaban cada unos 15 minutos, los ñatos gritaban los lugares por donde pasaban y seguían. Dejamos pasar varias que no tenían lugar para nosotros con las tres mochilas.

Finalmente apareció una con lugar, y además se veía bastante nueva. Negociamos poco, ya que queríamos subirnos y rajar de ahí. Nuevamente nos subieron a la última fila donde usamos un asiento (pagado como pasaje) para dejar las mochilas. De Izquierda a derecha venían las 3 mochilas (la mía arriba), luego la Vieja de la Bolsa, el Viejo al medio y Mammut a mi derecha contra la ventana. Como la última fila estaba más elevada, teníamos visión de toda la combi, que venía medio vacía.

Ya cuando nos subimos nos miraron un poco mal. De ida nos habían mirado como a bichos raros, pero esta vez fue distinto. Yo soy bastante perceptivo y nadie de la combi se alegró de vernos. Fuimos avanzando y cada diez minutos parábamos para subir o bajar a alguien. La combi se fue llenando y volvimos a ver dieciséis personas donde debían haber diez, o nueve contando nuestras mochilas.

Con la combi pipona empezamos a ver cosas raras. Primero un bebé, de no más de un año que estaba en brazos de su madre mirando hacia atrás, nos miraba y fruncía su nariz. Cada tanto se distraía con algo, pero volvía a mirar hacia nosotros y fruncía el ceño. Un par de personas se daban vuelta para relojearnos y luego negaban con la cabeza, como diciendo “será posible…”. Nosotros ni hablábamos. En una de las paradas sube un nene de unos diez años con su padre y al entrar dice “uhhhh, que feo” a lo que el padre contesta “sí, están allá atrás”. Nos miramos con la Vieja pensando que ya era mucho. El día anterior nos habíamos “bañado”, no estábamos para ir a un casamiento pero tampoco estábamos entre la nobleza de Holanda.

Es sabida mi falta de olfato, pero como contrapartida la Vieja tiene un olfato mejor que el de un sabueso. Mammut tampoco entendía mucho el porqué de tanto desprecio. Éramos gente normal volviendo de vacaciones. El bebé seguía frunciendo el ceño y de a poco la combi fue entrando en un silencio incómodo, nadie hablaba pero era como si todos menos nosotros supieran algo y nos odiaran por eso.

La vieja, gran investigadora de acertijos, empezó a analizar el tema. Empezó a tocar mi mochila como buscando algo. Luego de unos minutos me toca con el codo y me dice:

Vieja: Vos tiraste la bolsa de tu mochila en Yungay, no?

(silencio de cinco segundos)

Viejo: Qué bolsa?

Vieja (seria): la que traías atada afuera de la mochila.

(silencio de cinco segundos)

Viejo (muy tranquilo): Nop.

Vieja (mirada de rayo láser):  Me vengo fumando la bolsa desde que salimos, por eso nos quiere asesinar esta pobre gente.

Viejo: Ups…

No pude evitar tentarme, y por suerte la Vieja también. Empezamos a llorar de la risa mal y Mammut nos miraba. Cuando logré respirar, le dije “Sabés por qué nos quieren matar? Porque traigo mi bolsa atada a mi mochila… me olvidé de tirarla en Yungay”

A Mammut casi se le saltan los mocos. Metió la cabeza con su gorra detrás de la cortinita de la ventana y se veía como se sacudía de la risa. Los tres llorábamos en silencio y nos reíamos. El resto de los pasajeros no se dio cuenta de nuestra alegría, pero en lo que quedaba del viaje fuimos pasando de la risa a una vergüenza auténtica, realmente nos dio pena haber hecho semejante cosa. Pobre gente.

Resulta que con la Vieja hemos ido aprendiendo a movernos por lugares agrestes de la manera más amable que entendemos ambientalmente hablando. Por esto nunca prendemos fuegos, solo usamos gas envasado y calentadores, no molestamos a los animales, no nos salimos de los senderos, no rompemos plantas y no dejamos ningún tipo de basura, como envases de comida, garrafas usadas, nada. El punto de la basura es más complejo, ya que no dejamos absolutamente nada con excepción de nuestras excretas o garcos dicho en castellano antiguo. Nos llevamos hasta el papel higiénico usado. Todo. Si bien puede sonar chocante, nos parece más chocante ir caminando y tener que esquivar un papel con una frenada marrón del caminante que pasó antes que nosotros.

Todos estos restos de basura viajan en unas bolsas dobles del súper cuyo nombre técnico es “bolsa del cago” y que llevamos atadas afuera de las mochilas, porque la idea es sacar la bolsa de dormir y que no tenga olor a culo. Las damas, como personas consideradas que son, habían tenido la amabilidad de dejar sus bolsas en el primer tacho de basura que encontraron en Yungay. Yo en cambio, ocupado buscando combi, me había olvidado. La bolsa no se veía porque mi mochila venía tapada con el cobertor que usamos para la lluvia.

Evidentemente las bolsas del súper con un nudo no son herméticas y el olor a cago rancio y vencido de una semana había ocupado hasta el último rincón de la pobre combi. Como hacía frío nadie abría la ventana, pero se venían muriendo. Creo que si Bomur se desfondaba adentro de la combi hubiera olido mejor.

Todo nos cerró, hasta el pobre bebé que sin saber hablar daba a entender que estaba sintiendo el peor olor de su corta vida. Apenas llegamos a Huaraz la Vieja no me dejó dar dos pasos sin tirar la bolsa a un cesto, pero la risa continuaba. La gente de la combi nos miraban con alivio y odio por partes iguales. Fuimos caminando hacia el hostel con su ducha caliente, plumones en las camas y una comida abundante que nos pondría las pilas a full para seguir con nuestro viaje, pero con una anécdota más, un poco olorosa, pero graciosa al fin.

Fuente imágenes:
http://s.elcomercio.pe

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