Muchos me preguntan puntualmente porque sufro problemas escatológicos. Sinceramente nunca quise contar el verdadero motivo de mi pesar, pero creo que ya es momento de hacerlo.

Todo comenzó en la primaria, hace años. El Darío era mi mejor amigo, nos sentábamos juntos, jugábamos en el mismo equipo, éramos los dos hinchas del mismo club y nos habíamos comprado el Family el mismo día. Éramos tan amigos que hasta en las vacaciones nos juntábamos (cosa que nunca pasa en la primaria).

El Darío había venido siempre de visita a mi casa, pero nunca había ido yo a la de él. Un miércoles me dijo…

– Bomur, el viernes es el cumpleaños de mi hermano, ¿queres venir a comer unos panchos a mi casa y nos quedamos jugando al Mario Bros?

– ¡Estaría buenísimo! Le pregunto a mi mamá si me deja.

Aquél medio día llegue excitadísimo a mi casa, le conté a mi vieja lo de la invitación desbordado de alegría.

– ¡Ma el Darío me invitó el viernes a comer a su casa!

– ¿Si? ¿A que hora?

– Cuando salgamos de la escuela nos vamos para allá, es el cumpleaños del hermano y vamos a comer panchos ¿me dejas ir?

– Si, ¿a que hora termina?

– No se, comemos ahí y no se.

– Bueno, ¡pero a las nueve te voy a buscar!

– ¡Siiiii! ¡Que bueno ma!

– Si, lo único que ojo… ¡no te portes mal eh!

– Nooooo, vamos a estar el Darío y yo nomás.

– ¡Y tene cuidado con la comida! No comas mucho porque después estás con dolor de panza.

– Bueno, si me duele la panza hago caca y listo.

– ¡Ay Dios este niñito que caga en todos lados!

Y así de fácil mi mamá me dejo ir a la casa de un amigo por primera vez en mi vida, desde esa noche al viernes no dormí en paz rogando porque llegue el día de mi “primer salida” solo.

Llego el día, estaba al palo, incluso me levanté antes que mi vieja me viniera a despertar. Estaba como loco, era lo mejor que me había pasado en la vida. El Darío vivía cerca de la escuela, y todos mis compañeros eran sus vecinos. Seguramente estaríamos un rato jugando al Mario Bros y después nos iríamos a callejear y a visitar a los otros chicos y a la rica dela Rosita, que no tenía tetas, pero que tenía una hermana más grande que era toda una pornostar.

La mañana se me hizo eterna, lo esperé al Darío en la puerta de la escuela, estuvimos planeando todo el santo día la juntada. Nos íbamos a su casa, almorzábamos ahí, nos viciábamos en la hora de la siesta, a las cinco arrancaba el cumpleaños del hermano del Darío, nos comíamos unos panchitos (cosa que también me tenía emocionado) y después nos íbamos a buscar al Damián, al Ema y al Leo y partíamos todos juntos a mirarle las tetas yegua de la hermana dela Rosita.

Llegamos a la casa del Darío, la madre nos esperaba con milanesas con papa fritas y huevo fritos, era una Doble Nelson al hígado, pero creo que jamás volví a comer fritolina tan rica como aquella. Y encima… ¡Coca!… si, Coca, Coca Cola… ¿de que planeta era esta gente que almorzaba con Coca un viernes? ¿La Cocano se tomaba solo en los restaurantes los sábados a la noche y en los casamientos de las primas como me decían mis papás? Evidentemente o mis viejos eran muy mentirosos o los papás del Darío tenían la “guita loca” (o el papá trabajaría en Coca Cola como me dijo una vez mi mamá). Seis vasos de Coca regaron el placentero almuerzo que me clavé.

La viciada al Mario Bros fue una cantata de pedos y eructos horrorosos, entre risas y erupciones pasamos una siesta gloriosa. A las cinco en punto comenzaron a caer los amigos del hermano del Darío, que era dos años más grande que nosotros, por lo que se pusieron todos en una mesa en el patio.

Como al hermano le daba vergüenza nuestra presencia, la mamá del Darío se puso media incómoda por lo que nos atendió como dos reyes. Nos llevó una cantidad desmesurada de papas fritas y Coca y todos los panchos que quisiéramos. Yo, completamente estupefacto ante la delicia que tenía “libre” frente a mis ojos, me manduqué nada más y nada menos que cinco panchos.

Luego de la comilona siestera, que nada tenía que ver, nos fuimos a buscar a los pibes. Nos juntamos un grupete y partimos a lo de las tetas de la hermana dela Rosita.Observadaslas mismas a más no poder, nos fuimos a “tomar una coca” con mis compa. ¡Una Coca señores! Me sentía el más groso del mundo, ¿Cómo podía ser tan groso de estar en una vereda tomándome una Coca con mis compañeros? ¡Coca entre semana! En fin… mi alegría y la plata que me había dado mi viejo “por las dudas” transformaron la velada en dos cocas y una bolsa de chizitos, ¡éramos de locos! Y yo un rebelde total.

Tipo ocho nos volvimos para lo del Darío, porque ya se hacía de noche y porque mi mamá me pasaba a buscar a las nueve. El tema es que llegué con una descompostura de la concha de la lora. Burbujas de estiércol estallaban en mi estómago, mientras se gestaban heces de persona adulta.

A unas cuadras de la casa del Darío el esfínter casi se vio abatido de las ganas de expulsar.

– Darío, voy a cagar acá en la calle.

– ¿Vos estas loco? Jajajajaja, ¡aguantá que ya llegamos a mi casa!

–  Es que no me aguanto más y creo que tengo colitis… en tu casa voy a hacer mucho ruido.

– No pasa nada Bomur, mi mamá está acostumbrada…

Y así me convenció el Darío de aguantar. Cuando llegamos a la casa de él me dirigí derechito al baño, al cual hasta ese momento no había ingresado. De pronto llegué a la puerta y vi que era una de esas puertas corredizas, no como la de mi casa. La abro pensando que luego habría otra puerta “de verdad” y nada… era la única puerta. Entro y la cierro… cuando de repente escucho… ¡la puta madre se escuchaba todo lo que la mamá el Darío estaba hablando! Sabía que venía ruidosa la cosa, así que pensé “que vergüenza que me escuche la mamá del Darío, me la voy a bancar”. Esperé un ratito y salí. El Darío estaba esperándome con el jostik para jugar al Mario.

Al cabo de un rato empezamos a joder, yo le dije que ya había cagado, mintiéndole como a un niño. Entonces empezamos a reírnos, a eructar, a hablar en geringoso y todas esas cosas muy copadas que hacía de chico, cuando de repente un pedo me hace aplaudir los cachetes del poto… fue entonces cuando comenzó la pesadilla… y la seguidilla de pesadillas que hasta el día de hoy me acompañan a diario.

Como una máquina que excava y encuentra un pozo de agua, mojando todo a su alrededor y a su paso, fue la sensación que en ese momento sentí en mi trasero. Sentía como una pincelada de óleo negruzco, de barro pegajoso en toda la zona aledaña al agujero de salida. Agua, humedad, resbalones de alquitrán… todo eso sentí.

Mi cara fue de terror total y procedí a correr hacia el excusado. Entré a toda velocidad, me senté en el inodoro y ahí pude ver la magnitud del desastre. No solamente había un bulto inmundo en mi clazoncillito de Spiderman, sino que el mismo no había tenido la capacidad de contener y había desbordado de cochinada hacia todos lados, embarrándome desde mis vírgenes, imberbes e improductivos testículos hasta mis pequeños y lampiños gemelos. De pronto atiné a limpiar con el papel higiénico el desastre y no solo me lo terminé sin lograr nada productivo, sino que ahora tenía una montaña de papel cagado que esconder. Para colmo ¿¡con que me limpiaba el poto!?

Me pasé al bidet, lo encendí y vi como la incolora agua se transforma en un líquido horroroso, como de pantano antiguo. Vi como sobrantes de materia se desplazan a diestra y siniestra con el poderoso chorrito, cuando me levanté observé todo tapado… ¿¡con que me seco el orto!? Pensé.

De repente esperé un poco sentado y cuando terminó de caer el grueso del agua pude ver que había una toalla de manos… blanca. La patinada que le dejé fue como la frenada de una Kawasaki Ninja de ruedas marrones en la nieve. Incluso tenía textura y viscosidad, obviamente olor. En bolas intenté limpiar la blanca toalla en el lavamanos, esparciendo la suciedad y dejando una mancha tamaño culo de viejo en la misma… ¡y aún tenía en culo mojado!

Entonces me saqué la remera y me sequé de a golpecitos, pretendiendo no mojarla. Rápidamente miré la remera y vi como efectivamente me terminé de limpiar todo, ya que los últimos restos de caca quedaron en ella. ¡Pobre Mazinger! Y si a lo malo, le sumamos lo peor, se acercó la mamá del Darío a la puerta para preguntarme si estaba bien ¡¿había escuchado los ruidos?!

– Bomur… ¿estas bien?

– Si Bety… me duele un poquito la panza nomás.

– ¿Necesitas algo? ¿Papel, toalla, algo?

– No Bety, acá hay, ya salgo.

– Si, no te hagas drama, hace tranquilo. Avisame cualquier cosa.

Yo estaba desesperado, Spiderman estaba marrón, mis pantaloncitos de yogin completamente embarrados, la remera de Mazinger tenía espolvoreadas de caca y la toalla dela Betyparecía un dálmata, había una montaña de papel cagado al lado del inodoro y el bidet aún tenía una “piletita” de agua, ya que mis restos obstruían el drenaje… ¡Dios matame por el amor del Diablo!

Y de pronto… sentí la voz de ella… esa vocecita que tanto adoro, esa que extraño en mis mañanas ahora que estoy casado. Esa que me hacía sentir el hijo más amado del mundo y el reo más condenable cuando me retaba… era mi mamá.

– Bomur ¿estas bien? ¿Qué pasa hijo?

– Nada ma… estemmm.

Y las madres no son boludas,la Betyintuyó algo y mi mamá lo aseguró. De pronto abrió la puerta y vio el desastre. En mi descuido, además, había dejado caca en el inodoro, caca en el piso, la toalla apoyada en el lavamanos, ensuciando todo. Estaba todo mojado, cagado, oloroso y espantoso. Entonces mi mamá me dijo…

– ¡Niñito! ¡Mirá el desastre que has hecho!…

Y aparecióla Bety.Mehice para atrás y agarré la cortina del baño, tapando mis pequeñas partes y de paso… ensuciándola con un poquitito de caca que me quedaba en la gamba. Entre gritos, risas del Darío, cagadas a pedos de mi mamá y una incertidumbre mía que no sabía si llorar, si reírme, si ayudar, si enojarme, si seguirme cagando (aún tenía ganas), si patalear… en fin. Entonces, la “señora psicología infantil” no tuvo mejor idea que, ante el berrinche, el kilombo, la mugre que había dejado y lo enchastrado que estaba yo, pedirle ala Betyuna manguera.

Así que me puso en bolas, metió en la ducha la cortina, la toalla, mis medias, el calzoncillito, la remera y obviamente a mí, prendió la manguera, me roció de jabón de lavar ropa y champú, me dio un jabón de manos y comenzó a manguerearme a mí y a toda la ropa sucia, al tiempo que le decía ala Bety“yo no voy a subir a este pendejo todo cagado así al auto y a dejarte este enchastre en tu baño ¡que se la aguante!”

Obviamente mis gritos, entremezclados con risas, llamaron la atención de todos los amiguitos del hermano del Darío, los cuales desfilaron uno a uno por el pasillo de atrás de la puerta para observar el espectáculo. Apenas se dio cuentala Bety, cerro la puerta corrediza del orto. El cancherito del Darío, la abrió un poco para observar el show de cerca, cuandola Bety, ni lerda ni perezosa, se volvió a dar cuenta. Dio media vuelta, abrió de golpe, lo cazó de las mechas, le metió un cachetón en la boca, lo puso en bolas y lo metió a la ducha… ¡a manguerearse también pendejo mal educado!

Y así fue, que entra llantos, risas y vergüenza, nunca más puede ir a cagar en baño ajeno tranquilo por el resto de mi vida.

Ahí tienen la verdad, ¡manga de hijos de puta!

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