No es casual, si no causal, que Edmundo Reyes terminara sus días despreciando el pasado y aborreciendo el presente y mirando con desconfianza el futuro. Su vida entera solo había sido un conjunto de anécdotas, que bien podrían servir de inspiración para algún personaje kafkiano. Desde que partió de España, entre gallos y medianoche, lo había seguido la desgracia (según contó una vez al “Ruso” Mentévz cuando se subía al barco Alfonso X vio al duende Carapuchete, que lo maldecía por abandonar la patria y, según sus palabras, desde ese día la mala suerte corrió tras sus pasos) o eso era lo que siempre contaba a todo el que se detenía a escuchar sus interminables historias.-

Cuando partió de Buenos Aires para el interior, recalo accidentalmente (el tren en el que venia se detuvo por problemas mecánicos) en La Calera, provincia de Córdoba. Bajo del tren por orden del maquinista y después de pedir algunas referencias terminó en el bar “Posadera del Empleado” un tugurio mal ordenado que se encontraba en lo que se suponía, era el centro del pequeño poblado. Después de pedirse un vaso de vino, escuchar algunos lugareños recriminar contra el gobierno y oír interminables “vivas” por el general Juan Domingo, se puso a conversar con un viejo campesino de nombre Ermes (el paso de los años había mellado la memoria de Edmundo Reyes y bien podría haberse llamado Ernesto) que le pregunto que andaba buscando un español por aquellas tierras, tan lejos de su patria.

Edmundo Reyes le comento las causas de su partida de España (ironía del destino mediante, motivada en gran parte por otro general, al que no muchos le cantaron “vivas”) y sus desventuras en Buenos Aires. Luego de un rato charlando con Ermes la conversación derivo, como suele pasar cuando dos hombres y unos vasos de vino se mezclan, en temas tristes del pasado.-

-La verdad Don Ermes, que la mina esa me rompió el corazón, pero bueno, la vida sigue siempre su curso, y yo desde chico aprendí a olvidar y rehacerme.-

-Mal hecho español (Ermes no usaba el termino despectivamente si no con respeto), uno nunca tiene que olvidar su pasado, es cierto que la vida suele ser dura, pero en definitiva solo somos lo que recordamos que somos y si por casualidad nos olvidamos, entonces no somos nadie.-

-Ermes, eso lo dirá por que ud. tiene algo lindo que recordar, pero en mi caso, prefiero no ser nadie y empezar una nueva vida en cada lado que visito.

-Español, ahora que ud. es joven piensa así, pero cuando pasan los años uno se cansa de ser nómade y prefiere quedarse en algún lado y echar raíces ahí, le voy a contar una infidencia, cuando llegue a La Calera yo tenia mis recuerdos y nada mas, ni siquiera una moneda en el bolsillo, pero de a poco fui haciéndome un lugar en la vida. Con el tiempo me compre una casita y ahora tengo un trabajo estable como cuidador de caballos en la finca de Don Anzorena.

-Que quiero decirle con esto español, que todo lo demás se puede comprar, pero los recuerdos, que en definitiva son nuestra vida, no se pueden comprar por eso no se los debe perder.

-No estoy de acuerdo Don Ermes, yo creo que el hombre es solo el presente, es mas, la ventaja que tengo así, girando sin rumbo por el mundo, es que cuando llego a otro lugar  puedo inventar un nuevo pasado, que a mi me guste.-

-Español esta cometiendo un error, lo importante no es lo que crean los demás, la verdad es la que se lleva adentro del corazón y ahí, no se puede borrar y hacer cuenta nueva por mas que uno quiera.-

Edmundo Reyes se quedo mirándolo con el resentimiento de quien mira a alguien que le canta una verdad en la cara y uno no quiere reconocer.-

Ese resentimiento cambiado por tristeza, se reflejaba en los ojos de Edmundo Reyes cuando giro la vista para mirarme. La anécdota le había recordado las malas decisiones de su vida.

-Sabes lo mas curioso pibe, que en ese momento me pare para ir al baño y cuando volví, el campesino no estaba, me acerque al posadero y le pregunte si sabia donde se había metido el hombre. El posadero me miro con sorna y me dijo que seguramente se había ido por la puerta, pero que igualmente ya había pagado la cuenta de los dos. Entonces fui hasta la mesa a buscar mi campera y los bolsos y vi un papel en la mesa con una nota escrita con una letra que parecía de notario.-

-¿Que decía la nota Don Edmundo?

El escondite preferido de la felicidad son los recuerdos,-me dijo mientras sacaba un papel viejo y arrugado del bolsillo y lo apretaba fuerte entre sus manos.-

Me pare del banco y me subí el cierre de la campera para cobijarme del frío -Así sera Don Edmundo, me voy para mi casa por que ya es hora de cenar y mi vieja siempre me pide que ponga la mesa.-

La felicidad se alimenta de recuerdos pibe, pero mi vida esta llena de olvidos– le escuche decir mientras me iba.

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