Memorias de un patovica: “el mejor tamiz”

-¡Manzana guacho! ¿Nos estás discriminando vó?

-¡He amigo! Si nosotros venimo’ bien  y no hacemo’ bardo.

A los pibes los delataba la gorrita y las “mansas llantas con suspensión” y a las pibas, el vestidito, ajustado a los rollos, tipo “animal print” (deben haber matado a 500 leopardos)

-No señor, no los estoy discriminando, eso es un delito o en su defecto una contravención a nuestras leyes. Simplemente le digo que a este local, se ingresa previa invitación.

-¡Pero yo ví que no le pediste invitación a esos que van allá! Dijo la muñeca señalando con el índice endurecido por el poxi (¡epa! ¡no piensen mal! Trabaja en una tapicería) a una pareja que recién ingresaba.

-Sucede que son clientes. Los conocemos y por lo tanto no nos hace falta pedirles invitación.

-¡Weeeeeenaaaaaaa vó conocé a todo! (mi paciencia estaba siendo puesta a prueba)

-¡He amigo, haga el aguante! ¡Si nosotros no venimo’ a pajarear! (mi paciencia ya se había ido muy lejos)

- A ver si nos entendemos… (dije con mi mejor cara de orto), primero no soy tu “amigo” (Poniéndole el dedo en el pecho), segundo ¿Qué te aguante? Ya los estoy aguantando hace 30 minutos (haciendo un  el gesto del “montoncito” con mi mano izquierda) y tercero, no comprendo tu argot, por lo tanto, tratá de hablar en castellano (todo con una voz firme y clara).

-Alto guacho (dijo el otro) ¡Nosotro somo’ del Santa loco, no sabé’ nada vó!

-Si me estás amenazando, te recomiendo que lo pienses.

-Vámo’ Kevin (obvio el nombre), decía la morocha de ojos azules plásticos. ¡Que se meta el boliche en el orto este culiado!

-¡Linda la nena! ¿Con esa boquita decís mamá? (en realidad la frase fue: ¿Con esa boquita chupás la poronga?)

-¡Heeee no me falté’ el rispeto! ¡Loco, se pudre todo, se pudre todo! Gritaba desaforadamente el maldito…

-Flaco, calmate un poco, dejá de gritar… le dije con la mayor de las  consideraciones.

-¡Vó me discriminá’ y yo no te hi faltado el rispeto gato!

A estas alturas, la puerta del boliche era un quilombo, la gente pasaba a cuenta gotas, como podía entre los revoltosos y yo.

Convengamos algo… todos, cuando salimos a bailar o a tomar algo, vamos a lugares acordes más o menos a nosotros. Dificulto conocer a alguien que me diga que va a bailar al Club Ingeniero Giagnoni o que va de dancing a Estación Miró. Cómo así tampoco, conozco a nadie que me diga que le encanta ir a comer al carrito del Santiago (ese que está en la segunda entrada al Barrio San Martín) y si lo hacen, es todo sotto vocce. Todos tenemos un muerto (o dos) en el placard, justamente por eso, no lo ventilamos a los cuatro vientos.

Retomando el hilo de la anécdota… Algunos clientes, pasaban sin dar importancia a lo que sucedía, otros pasaban y con carita de aprobación hacían un gestito, pero ninguno, hizo causa común con los guachines.

-Chicos, les voy a pedir encarecidamente que se retiren. Están obstruyendo la pasada.

-¡Heeee a ese tampoco le pediste invitación! ¿¿¿Vé’ que nos está discriminando???

Realmente ya habían pasado cerca de 20 minutos de idas y vueltas, estaba cansado de escucharlos y decidí dar por terminado el asunto.

-Está bien, ¿quieren pasar?  ¿Tienen documentos?

Si – responden los guachines (que en realidad de guachines no tenían una mierda. Los pibes ostentaban más de 26 inviernos y las pibas rozaban la treintena) revisamos documentos y los hago pasar (ante la mirada reprobatoria del público en general)… Mis compañeros, atónitos me miran con una mezcla de extrañeza y desconfianza…

-Tranquilos gordos, estos ya salen. Les digo autosuficiente. Y efectivamente, no pasaron 5 minutos y veo por el rabillo del ojo, las mansas llantas con suspensión…

-¡He amigo! (le digo remedando su manera de hablar) ¿qué pasó? ¿Tanto jodiste y ahora te vas?

-¡Heeeeee wacho altos precios manejan acá!  ¡Con esa guita me pongo re-loco en Picasso!…

Siempre lo dije, no hay mejor tamiz que la guita… un llamado de atención para la gente del INADI…

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