Uy… ¡Qué cagada! ¡Mis viejos crecieron!

Nuestros padres nos guían, son la luz de nuestros ojos, el Gandalf de nuestro rumbo hacia el monte, nuestros Sarmientitos y Freuds, nuestros pies en momentos difíciles y nuestros pañuelitos descartables en los momentos más tristes. Pero así como son todo eso, llega un punto de inflexión en que pasan a dejarnos libres, a madurar en esa relación de dependencia que nos une, dejándonos ir y yéndose a la misma vez.

Muchas veces este cambio está acompañado con la madurez nuestra; muchas otras veces pasa antes de que maduremos; o en otros casos menos comunes nosotros maduramos antes que ellos y debemos esperar a que reaccionen y nos vean como realmente somos en lugar de tratar de imitarnos y volverse eternos adolescentes como algunos hacen.

Lo que en realidad defino yo como madurez de un padre es de ese “dejar de verme como niño” y empezar a “verme como una persona con pelos”.

¿No sabés si tus papis están en esta etapa? Podes darte cuenta por ciertos síntomas:

El síntoma más importante de todos es el abandono de ciertas preguntas confirmatorias (sobre todo en madres) como:

  • ¿Te lavaste los dientes? Es súper molesta, pero reconozco que sigue siendo necesaria a pesar de la edad. Te vas a dar cuenta de lo necesaria que es cuando te encuentres con un amigo con tremendo mal aliento, seguramente debido a la falta de esta pregunta. La dejan de hacer porque se cansan de decirte lo mismo y verte mojando el cepillo simulando que te los lavaste o porque de repente empezaste a quejarte porque mamá no compraba pasta de dientes.
  • ¿Te lavas la cara vos cuando te levantás? Una de las preguntas que más tarda en abandonarte durante tu vida. Tu mamá te ve levantarte con una resaca de mil perros y con 3 lagañas en cada corner del ojo. Llega un punto en que se rinde, porque sabe que en algún punto las lagañas te van a pasear de las pestañas como a una mascota y no te va a quedar otra que lavarte.
  • ¿Cuándo pensás lavar el auto/limpiar la pieza? Una pregunta muy muy de padre rompe. Tu viejo te ve llegar cada noche con el auto y en cada entrada al garaje se da cuenta de que hay una caquita de pájaro más que el día anterior. Pero se rinde porque sabe que es TU auto, y no puede hacer nada al respecto. Y vos, con un casquete de pichi de pájaro en el capó, también te rendís y lo llevás al Ballena. Con la pieza lo mismo, sólo que el casquete es de calzoncillos/bombachas y en vez del Ballena usás a tu novia y/o hermana y/o tía, etc.
  • ¿A qué hora llegás? ¿Para qué necesita saberlo? ¿Para que pasen 5 minutos de la hora que le dije y llamen desesperados para saber cómo estoy? Pareciera una pregunta inútil, pero después vemos en la tele a esas chicos delincuentes o a esos que “desaparecieron y piensan que ahora están en Bs As” y nos preguntamos ¿Dónde están los padres de estos chicos? ¿No les preguntaron a qué hora volvían? Tus padres dejan de hacerte la pregunta cuando maduran, pero ahora vos cada vez que salís les decís a qué hora volvés de puro acto reflejo. Es más o menos la misma sensación que tenés cuando pasada cierta edad no te piden el documento en el boliche; vos querés que te lo pidan para no caer en la cuenta de ese crecimiento interior…y exterior.

No todas las preguntas son malas, ojo. Las hay copadas y que son la parte positiva de esta madurez. Una de ellas y la más importante es la de “¿Madamita si no salís esta noche querés que nos tomemos una cervecita roja de esas que te gustan? Yo la compro, vos andá pidiendo las pizzas al delivery”. Este momento es de esos en que tu sonrisa llega a asimilarse a la del guasón. Nunca pensaste en que este momento llegaría, vas a tomar alcohol frente a tus viejos y encima ellos te están incitando a hacerlo.

El último grupo de síntomas, y el que confirma la situación, es el de las compras en el súper acompañadas también con las vacaciones en familia. Cuando los padres maduran ya no te piden que los acompañes de vacaciones, y vos encima de tarado te adelantás a una pregunta inexistente diciendo: “Gracias pa, pero este año me quiero ir solo de vacas”. Y ellos te contestan: “Nadie te pidió que vinieras, decidimos irnos los dos solos porque gastamos lo mismo que con ustedes pero la pasamos mucho mejor”. Bueno, quizás sea para mejor pensás, con una trompa de puchero más grande que la de la Jolie. “Pero te dejo el auto para que salgas”. Yupi, oh yeah, yupi.  Te dirigís sonriente a la heladera, abrís y preguntás: “¿Qué nos compraste para hacer de comer mientras ustedes se van de viaje?” Y ella contesta con vos frívola y maligna: “¡Nada! ¡Si les dejo la llave del auto para que vaya al súper!” Y ahí se cae tu mundo, porque te estás dando cuenta de que maduraron por completo, de que vos pensabas que no los necesitabas y ahora te das cuenta de que son ellos los que no te necesitan.

Te caen todas las fichas. Suenan huecas y vacías, como los tasos que venían en los paquetes de cereales…de esos cereales que tu mamá te compraba para tomar con la leche cuando eras chico, tan chico como para tirarte a jugar en el piso hasta que ella te buscara para llevarte a cenar una comidita casera y rica, lavarte los dientes, la cara y arroparte en la camita.

Esos momentos que nunca van a volver, vos que tanto querías que se fueran…

 

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