Es así como el flamante arquitecto había logrado, después de mucho pelear, diseñar su propio hogar. Había construido hasta el hastío casas para todo tipo de personas, pero nunca tuvo tiempo de diseñarse una para el mismo. Construyó todo tipo de hogares, desde los más extravagantes, hasta los más humildes, desde cosas excéntricas hasta regulares y aburridas. Había desafiado el límite de su imaginación en su trabajo y eso, lo convertía en uno de los más destacados en lo que mejor hacía.

Se paró frente al terreno que iba a hacer su hogar, y con ojo de visionario empezó a diseñar. Empezó por las paredes, continuó por el techo y cuando quiso acordar, sólo tenía frente a él un cuadrado insípido y sin alma. Se desesperó. ¿Cómo puede ser que, alguien que llevó adelante tantos sueños de tantas personas, ahora estaba estancado en un simple cuadrado? Volvió a intentarlo. Empezó por las paredes, los techos, las puertas…y otra vez, un simple cuadrado. Maldiciendo cielo y tierra, se alejo del terraplén vacío.

Se marchó frustrado, pero mientras caminaba sin rumbo fijo, empezó a pasar frente a algunas casas que había construido y en todas notó el toque de magia puesto por su ojo crítico. Ello sólo sirvió para frustrarse más y más. Seguía en su mente la pregunta sin respuesta: ¿Es posible que yo, creador de hogares de mil matices, esté ahora perdido en un simple cubo?

La noche se le paso entre caminatas y visitas a decoradas casas, todas con algún toque especial. El día apareció por el Este, y el sol se reflejo en sus pupilas. Los pies lo llevaron de nuevo al terraplén, hogar de su futura casa. Se sentó en el medio de la tierra, sacó una hoja de papel de su bolsillo izquierdo, un lápiz afilado de su bolsillo derecho, y con la gracia de un niño de pre-escolar empezó a garabatear con los ojos cerrados; primero un boceto, después otro y uno más. Terminó y abrió los ojos para mirar el papel… Sólo cuadrados, de diferentes tamaños y dimensiones, pero tan sólo habían cuadrados.

El grito que pegó esa mañana fue gigante y expresaba una acertada frustración. ¿Cómo podía ser? Cayó rendido al suelo, revolcándose entre la tierra y la soledad de la mañana. El llanto se había transformado en una vertiente en el terraplén. No le quedó otra opción que resolver su dilema de la peor forma.

Entendió que los sueños siempre son el reflejo de los demás y muy pocas veces son nuestro propio reflejo, entendió que soñamos pensando en el otro y no en nosotros. Entendió que la influencia de los demás es, a veces, tan fuerte que se mete sin preguntar en los sueños propios.

Se levantó como pudo de la tierra, y entre suciedad y polvo, sacó el celular de su bolsillo y marcó el número de algún colega suyo. Era él ahora quien necesitaba ver sus sueños absorbido por otro, para así realizar uno propio.

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