Hace poco, buscando música para escuchar en mi “chanchita” modelo 1999 (sin MP3) mientras cocinaba, bue… mientras rellenaba una pre-pizza, comprada en “La Pacha”, de salsa y queso cremoso para introducir al horno, comencé a redescubrir los Cd’s que adquirí de púber. 2 Minutos, A77aque, Flema, Ramones, entre otras yerbas que me avergüenzo en admitir públicamente, desfilaban en la “carpetita” que los contenía.

Visiblemente emocionado, elegí uno de los tantos que hacía años no escuchaba, y al oír las líricas del primer tema… me quebré…

Es que me sentí un pre-adolescente otra vez, ese que buscaba rebelarse a un sistema autoritario y capitalista, que intentaba lavarnos el cerebro y criar máquinas humanas, manejadas y controladas por forros de traje y de buen reír. Ese que se ligó una buena paliza, tras gritarles a los maestros del colegio: ¡Jey tichers, liv de quids alónnnn! sin siquiera saber bien qué significaba. Ese que repetía frases de sus ídolos ante algún adulto para sentirse superior; ese que cuando le regalaron su primer consola de videojuegos, se olvidó de sus ideales y… se sentó delante del televisor.

Con una sonrisa de padre orgulloso, o de quien admira el fruto de su intestino ante el inodoro, luego de 7 días de consumir Activia y sumarse al “Plan Deshinchate”, mi mente comenzó a divagar y recordar los juegos que marcaron mi infancia, esos que me llevaron a adorar el deporte y desperdiciar horas de mi vida, haciendo “zapping” sólo entre ESPN (el común y el +), TyC y el pedorro Fox Sports, aún hasta el día de hoy.

Así, se me ocurrió que debía realizar una lista, sin necesidad de resaltar uno más que otro, de los fichines deportivos más grossos de la historia. Personalísima, sí, que hace agua por todos lados, también; pero que defenderé con pasión hasta el día en que muera, aquejado por una inevitable cirrosis.

Por cuestiones de espacio (y para currar dos semanas seguidas) voy a citar tres ahora y tres la semana que viene. Así que gente de dedos magullados, y de piel albina por no conocer la luz solar, los dejo con esta insuperable nómina de juegos de video.

FIFA 94 (Sega. 1993): ¡Qué juego por Dios! Revolucionario al 100 %. Si bien el “Family” se había acercado bastante a la realidad con el genial “Goal”, EA Sports rompió los moldes y sacó lo más cercano a la perfección que mis ojos hayan apreciado.

Un juego diferente a sus predecesores referidos al deporte del balompié. Además de la perfecta jugabilidad para la época (pases en profundidad, pases altos, palomitas, chilenas, fintas, “cuerpear”, etc., etc.), sumaba excelentes gráficos y algunas perlitas que lo hacían único: la hinchada era protagonista como nunca antes en un juego de fulbo, con cánticos indescifrables (había uno que rezaba algo así como “Este es un juego bien perenne” y otro que contenía el insultante (?) “In-sec-to sabés”, aunque esto difería dependiendo de quien la escuchara) y con sujetos distinguidos por diferentes vestimentas y movimientos particulares; daba la opción de repetir cualquier jugada en cualquier momento, para deleitarnos con alguna situación que merecía ser apreciada por segunda vez; se podía jugar en modo liga, mundial, amistoso, etc.; contenía selecciones desconocidas como Qatar, Argelia, Nueva Zelanda; y un sinfín de opciones novedosas.

Pero lo mejor y lo que lo descubría perfecto, eran justamente sus imperfecciones o “bugs” (errores), tales como cuando el árbitro te iba a sacar una tarjeta y vos podías escapar con tu jugador y hacerlo que te persiguiera por toda la cancha (una vez llegué a hacerlo correr tras de mí durante más de 15 minutos, para que finalmente, y ante tal humillación, me mostrara una simple amarilla), o que el juez cobre gol aún cuando la pelota no ingresara al arco y se fuese a las tribunas, o que cuando sustituyeras a uno de tus dirigidos, saliera de la cancha e ingresara el mismo jugador, o que en el área chica, el arquero violara las leyes de la física y, tras una “volada” espectacular, el balón, que iba en dirección contraria, apareciese entre sus brazos mágicamente; o que te cometieran foul en la medialuna del área y se cobrase penal; y miles de grandiosos etcéteras.

Nunca olvidaré esa durísima final ante Francia, donde logré mi primer Copa del Mundo con Argentina, gracias a dos goles de Pasualdo (que compartía equipo con Mardona, Batiste, el arquero Borges, el mediocampista Perrón (!), y el goleador Luis Alfios) que, si la memoria no me falla, fue el último torneo oficial ganado por nuestra selección.

TENNIS (Nintendo. 1984): Si bien el juego fue largado al mercado en 1984 por Nintendo, en Argentina lo conocimos en los insuperables noventas, gracias a la gloriosa consola “Family Game”.

Si comparamos con los gráficos de algún fichín actual, donde a Nadal le hacen hasta el grano que tiene en el culo y la espuma que despide de la boca de tanto esteroide consumido, los del Tennis serían una oda a la ineficacia informática. Pero esos jugadores cuadriculados poseían una onda lisérgica ochentosa, que nos producía ganas de jugarlo por horas, con tan sólo verlos a ellos expectantes, esperando el saque rival.

Adictivo al 100% (especialmente el dobles), Tennis contaba con 5 niveles de dificultad, donde, en el último escalafón, éramos pocos los que podíamos derrotar a la dura dupla opositora.

Como dato de color, resaltaba la figura del juez de silla, que estaba encarnado por, nada más y nada menos, el Rey de los videojuegos, el único plomero al que no se le ve la raya del orto cuando se agacha, el tano facho y bigotón de Mario Bross, quien se encargaría de cantar cuando una pelota era buena, mala, falta, doble falta, con un sentido de justicia que los argentinos desearíamos posean nuestros jueces de la SupremaCorte.Aunque existían veces en que observándolo ahí, arriba de todos, con cierta actitud de superioridad, despertaba el psicópata que llevamos dentro y, cuando finalizaba un punto, acudíamos con nuestro jugador a atacarlo a raquetazo limpio, sin lograr siquiera despeinarlo.

Recuerdo el día en que me llegó el dato de que el primo del vecino del compañero de mi amigo, había podido quebrar la silla de Mario gracias a un revés medido, y lograr que el chiquilín cayera al polvo de ladrillo, trenzándose en una pelea épica entre Mario y el tenista. Aunque este hecho nunca lo pude corroborar, en esa época no existía YouTube.

BASEBALL (Nintendo. 1983): Ya lo dijo el sabio de Homero Simpson en un momento de abstinencia alcohólica, “Sobrio, me doy cuenta de lo aburrido que es este deporte”, refiriéndose a esa embolante disciplina deportiva que practican los norteamericanos y algunos países caribeños, denominada Baseball, o beisbó, pa’ la gilada.

Para un infante de inicio de los noventas, resultaba complicado conocer la “magia” (entre comillas, porque todavía no le encuentro nada mágico a un deporte donde los intermedios son más longevos que los minutos de acción, que tampoco son interesantes) del Base-Pelota (les recuerdo, jóvenes lectores, que Internet era todavía un esperma dentro de la cabeza de Bill Gates), más allá de esas pedorras películas hollywoodenses, donde los súper estereotipados buenos no tenían habilidades, pero mágicamente y gracias a un honorable trabajo de equipo, lograban campeonar, venciendo al Dream Team de los súper estereotipados chicos malos; aunque estos films tampoco nos dejaban en claro las reglas del juego.

Hasta que un día, llegó en manos de un amigo, el Baseball para Family (en realidad era un cartucho con todos juegos de deportes, pero éste era, lejos, el mejor). Ya de entrada, la música era atrapante: “Cuin, cuinin, cuinininininí; cuincuin, nincuinininininini, cuincuincuincuincuin, cuinini, NÍ” eran las chillonas estrofas que surgían a modo de mono en los parlantes dela T.V., y que despertaban nuestras ansias de comenzar a introducirnos en ese mundo del deporte yanqui.

A diferencia de un partido de béisbol real, los de este fichín eran emocionantes de principio a fin. Así, fuimos aprendiendo lo que era un strike, una bola, foul, safe, out, robar base, entradas, home run; todo dentro de un marco virtual, de colores fuertes y pupilas coloradas.

Adentrándonos a la jugabilidad del Baseball, lo más divertido era batirse a duelo con un rival de carne y hueso (la máquina nos rompía el totó seguido, imagino porque ellos sí eran yanquies de a de veraz). Si tu equipo lanzaba, debías tener los cinco sentidos laburando a full, siempre atento a que el desgraciado de tu amigo no te robara base con alguno de sus pixelados jugadores, situación que provocaba desesperación ante la ineficiente movilidad y coordinación de tus controlados. Creo que nunca en mi vida he sufrido tanto el nerviosismo, como cuando quedaba una bola suelta y mis “jardineros” traseros debían traer nuevamente el mini-esférico al “Diamante” de tierra, con una falta de motricidad llamativa para un jugador profesional, mientras los rivales corrían desesperados ganando bases, ante la atónita mirada de los míos. Pero así como ver a tu oponente festejar una entrada era de lo más humillante que podía sucederte; lograr tres strikes y dejar Out a uno de los suyos, era orgásmico.

Si bien batear era entretenido al 100 %; a mí lo que me gustaba era lanzar. A pesar de sólo disponer de dos botones (A y B), eran infinitas las opciones de lanzamiento que disponías: bolas rápidas, bolas lentas, curvas, pitchs, variando la velocidad del lanzamiento entre45 mpha120 mph(esto sólo después de un tiempo de practicarlo); y con las flechas direccionales podías mover la pelota cuando se dirigía hacia el bateador, dotándote del poder de que sólo vos sabías adónde iba a ir la bocha.

Recuerdo esa vez que a mi amigo Lucho se le había roto un joystick de la consola, y cuando jugábamos al Baseball, podías realizar un lanzamiento fantasma, sólo con ese control, donde el marcador de velocidad indicaba que la bola se dirigía a –6 mph(!), violando todas las leyes de física hasta el momento conocidas; aunque nunca en mi pobre existencia encontré a quien supiera cómo hacer el “truco” sin el mítico joystick roto. Tras años de incesante búsqueda sin resultados optimistas, llegué a la conclusión de que quien sepa cómo lograrlo, es quien conoce los misterios del universo y tiene la respuesta al interrogante más grande de mi vida:

¿Por qué puta perdí tanto tiempo jugando a los fichines? 

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