“Para mi corazón basta tu pecho. Para tu libertad bastan mis alas.”
Pablo Neruda.

Esa mañana llegué a mi trabajo y me sentía más liviana. Algo me hacía sentir etérea, relajada,  con una sensación parecida a  la de irse a dormir la siesta después de rendir una materia difícil, como haberse sacado de encima una mochila pesada. Sentía que nada oprimía mi ser, nada pesaba sobre mis entrañas. ¿Me habré convertido en un ángel? ¿Será el Feng Shui?  No me reconocía. Despejarme con el yerbiadito de las  once me ayudó a  develar el misterio: me había ido a trabajar sin corpiño. A partir de ese momento, se invirtió mi psicología. El momento de la paranoia había llegado.  ¡Qué vergüenza! ¡Qué escarnio! ¡Qué horror! Estoy perdida: ahora todos habían descubierto la verdad: no eran tan redonditas ni tan paraditas ni tan grandecitas. Se acabó la mentira del corpiño armado. Mi hipocresía había quedado al descubierto. Me sentía mal. Me la pasé con los brazos cruzados todo el santo día, intentando disimular lo indisimulable. Así fue que al finalizar el día, las había negado mucho más que tres veces. Ellas no lo merecían… ¿Hay derecho a sentirse así? No, no hay derecho.

Obsesión masculina incomprensible. Fuente femenina de complejos inconfesables. Unas por mucho, otras por poco, nadie está conforme con lo que le tocó en la delantera. Es ley: si tenés a Batistuta, querés a Messi. Todas queremos tener a Palermo y Guillermo, pero  resulta que al Barba le dio el presupuesto para traer al Cachorro Abaurre y al Picante Pereyra. Más allá de todo, nosotras féminas, tenemos que estar convencidas de algo: siempre, pero siempre hay equipo. Sólo hay que aprender a valorarlo.

Si no tomaste sol, tu color es blanco teta. Si te caíste y te pegaste fuerte, te hiciste teta. Si no tenés nada que hacer, estás al pedo como teta de monja. Si sos de los que se emborrachan con facilidad, te dicen teta izquierda (siempre se chupa primero). Están en todos lados. Pechos, mamas, senos, busto, gomas, lolas, mellis, pomelitos, melones, boobies… ellas. Amigas incondicionales, las mujeres no las tratamos como ellas se merecen. Nunca conformes, siempre en búsqueda de una perfección inalcanzable, recurriendo a cuanta mercancía se ofrece para ajustar por aquí, levantar por allá o disimular más acá. El capitalismo se aprovecha de nuestros complejos: en mercado libre se vende una emulsión que aumenta el busto en treinta días, cuyo precio oscila entre los 90 y los 350 pesos. Sé que es increíble, pero existe una página en internet llamada www.aumentarbusto.com. La Revista Cosmopolitan es un bebé de pecho al lado de esto. Paren un poco.

La variedad de productos es enorme: corpiño con aro, push up, medio push up, taza soft, con silicona incluida y etcéteras. Hay de todo. Yo creo que es un milagro de Dios que no se hayan puesto de moda los “tipo Thalía con grifo incluido”. Quizá porque son incómodos para ellos.  Hace un tiempo  me quise poner un vestido con la  espalda descubierta. Obviamente, no podía usar corpiño. Pero tampoco quería verme chata. Sí, quería la chancha y las veinte diría mi abuela. La cuestión es que  me recomendaron comprar un producto muy raro: unas tasas de  silicona. Eran como dos planchas de moco con pegamento de un lado que te tenías que aplicar sobre las amigas. Para que no se vieran chatas y no se marcaran los timbres.  Ridiculísmo. Para la siguiente oportunidad, me compré unos stickers gigantes color carne que se pegaban  sobre ellas. Un horror. Un robo. A la mitad de la fiesta ya eran basura espacial. No hay necesidad de pasar por esto chicas.

Y no es que me quiera hacer la más Hugo Chavez, pero las tetas muy grandes y muy paradas y muy redondas son un invento de los yanquis. Revisen las grandes obras de arte de de la historia de la Humanidad: ni la Venus de Willendorf, ni la Venus de Milo, ni la Victoria de Samotracia, ni la Venus de Boticceli, ni la Maja Desnuda tienen las lolas de la Pamela Anderson, la Chicholina o la Kelly Madison. Esas gomas son el imperialismo cultural en su máxima expresión. Quieren acomplejarnos y hacernos consumir: no les demos el gusto.

Aclaro que de los implantes mamarios ni voy a hablar: para el pueblo es inaccesible.

Así que chicas: ya fue.  No las asfixiemos con armatostes de alambre, no las cubramos de  gomaespuma o silicona. Se acabaron las mentiras. Si a la hora de la chanchada, ni apagando la luz podés disimular que no era lo que parecía. Una vez una amiga me dijo que no hace el cuatro porque le quedan colgando y le da vergüenza. ¡Fea la actitud!  ¡Dejémoslas ser!  Cabalguemos libremente sobre la sabana,  revoleándolas a más no poder. Prendamos la luz. Aceptémoslas. Valorémoslas. Querámoslas. Mimémoslas. Hagámoslas mimar, querer y valorar. Tal como son.  Ellas también nos dan alegrías. Se merecen nuestro cuidado y respeto.

Por todo esto, las invito a la quema de sostenes masiva que se realizará la semana que viene en el Kilómetro Cero. Habrá mamografías para todas. Y seremos sanas y libres.

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