“Crsh, crsh, crrqch…”, crujen nuestros pasos sobre la escarcha del césped congelado. En puntitas y lentos como una morsa, nos deslizamos entre arbustos por la plaza. Bajo la copa de unos árboles flacos, apenas pispiamos el llanto de un bandoneón, que siente frio por la huida del Gran Artista

 

Los vecinos del mundo se apuestan alrededor de un oscuro cajón, se sienten secar bajo la fina garúa de aquella siesta invernal…

–“Lastima bandoneón, mi corazón, tu ronca maldición maleva… Tu lágrima de ron me lleva, hacia el hondo bajo fondo donde el barro se subleva…” –canta un tal “Polaco” vestido de luto, en la marcha del sonido afónico, que sacude de un fuelle sentado a un costado Aníbal.  Reanimando quizás con sus yemas la frágil botonera, consolando tal vez con sus brazos, al pálido instrumento.

– “¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón! La vida es una herida absurda, y es todo, todo… tan fugaz, que es una curda, ¡nada más!, mi confesión…” –Sueltan sus cuerdas vocales, en la despedida final.

Ya no éramos tan pibes. Los treinta nos comían los talones entre amistades nuevas, damiselas, filosofadas, y el exilio de los estudios, que nos habían formado como personas, por sobre todas las cosas. Pero como suele pasar, una triste y no menos oscura noticia, había aglutinado a algunos Jóvenes Ávidos, otra vez.

El Geroncio, aquel placero que tanto nos enseñara de las artes de la calle, el cordón y la vereda, se había marchado del mundo. Se había ido de gira por última vez, para nunca más volver. Detrás, un manto de dudas que encerraba, tras las rejas del temor, a un pueblo entero.

Policías, autoridades y demás, sin titubeos daban por cerrado el caso. Sin mayores investigaciones, sin asociarlo siquiera con aquellas apariciones de meses anteriores. Cuerpos desnudos en la vía pública, raras inscripciones, según testigos, se escondían bajo la alfombra de la desidia.

Cuatro días antes, cuando la noticia del asesinato apareció por Mendoza, nos hablamos con los pibes que estábamos en la capital, y acordamos volver a Rodeo. Por Suipacha y Perú pasé a buscar al Tarta. Luego por la feria comercial, sobre la costanera, al Huguito. El viaje nos permitió compartir las noticias que a cada uno le habían llegado, quizás anticipando el rol que íbamos a cumplir y observando de antemano, lo que otros pretendían obviar.

Apenas llegamos, en la búsqueda de más información, visitamos a unos cuantos. Hasta que dimos con el padre Vicente, quien a pesar de sus años longevos, nos ayudaría a desenredar el ovillo.

–Tenerlos acá, para nosotros, para el pueblo, es una bendición queridos Jóvenes –matizaba con los ojos en vitró, alrededor de una mesa redonda de roble antiguo–, pero no es algo que vallan a poder resolver así como así. La historia secreta, de un tiempo a esta parte, los deja de manos atadas, amigos míos…

–Alguna vez nos dijo padre, en este mismo recinto, que nada era imposible para los Jóvenes Ávidos –agregaba el Tarta, a quien los años llenaron de seguridad, en cada una de sus palabras.

–Es cierto, y siempre los ayudé en lo que emprendieron. Hoy la imagen es distinta –su cuerpo se encimaba a la mesa y con sus manos en puño se sostenía–, la realidad está igual o más enferma que quien les habla, y la pureza en la que vivíamos cuando deambulaban por estas calles, se desvanece como las velas que le dan luz a este salón. Solo hay una manera de que se acerquen, someramente, a la verdad –Vicente escribía en un papel una dirección, que al finalizar decía: “…preguntar por Sir Charles.”

Descansamos unas horas, y apenas cantó el gallo, salimos para la capital nuevamente.

Golpeamos varias veces y nada. “Estas seguro que es acá, ¿no?”, deslizó el Huguito frente a la supuesta guarida, del señor que buscábamos. Según nos había explicado el padre Vicente, era un viejo conocido suyo que, sin dudas, nos llevaría lo más cerca posible del Geroncio.

Entre decepción y amargura, cruzamos la calle San Martín y entramos a un café, sobre la esquina con Brasil. Pedimos algo fuerte para pasar la bronca y en ese mismo instante, se corrió bruscamente la única silla libre de la mesa.

–Puedo sentarme –dijo, exhalando una calada profunda, un tipo alto. Apenas lo terminábamos de ver, entre la bocanada de humo y un sombrero que le hacía sombra hasta la mitad de la cara.

– ¿Y usted quien es –pregunté reculando más de lo que quería demostrar–?

–Tranquilo Rulo –contestó. Unos pocos sabían de aquel sobrenombre que tenían cuando joven–. Sé que me están buscando. Eso es bueno, porque yo también a ustedes.

Se sacó el tapado beige que lo cubría cual capa, y de espaldas a nosotros separó de su cabeza el extraño sombrero en punta. Colgó ambos sobre el respaldar, y giró un cuarto nada más. Luego sonrió.

– ¡Coquito! –Bramamos con el Tarta. El Huguito nos interrogó con sus cejas comiéndose los parpados, y los agrandó de repente al encontrar la respuesta.

– ¡Marcelo! –subrayó.

Marcelo, el “Coqui”, se sentó y nos puso al corriente de su vida. Había estudiado medicina, quizás complaciendo a sus padres que lo mandaron a la ciudad, apenas salió del secundario. Siempre admirador de Sir Arthur Conan Doyle, y su saga de Sherlock Holmes, había encontrado en la ficción detectivesca su vocación.

Hoy era, según su tarjeta de presentación: ˜Sir Charles. Investigador privado. ˜

Sentíamos como si hablásemos con una estrella del cine. Estaba viciado de gestos, palabras apropiadas y meticulosas conclusiones, como guionadas en un libro de suspenso. Sin parlar mucho más, nos subimos a mi Renoleta ’61, y partimos al voleo. En el camino, le fuimos cantando lo que sabíamos.

El Coqui, anotaba todo en una pequeña libretita amarilla, con un anillado microscópico. Números, días, nombres, fechas, todo servía para la causa.

–Doblá por ésta, y metele pata… a ver si llegamos a tiempo –giré sin pensar por 9 de Julio, y entre dos ciclistas y el mionca  del lechero, cambiamos de dirección–. Estamos yendo hacia la morgue judicial. Si mis cálculos no me fallan, a las siete de la tarde los guardias hacen una ronda, lo que nos daría un changüí para verlo. Nos miramos por el retrovisor los tres a la vez. “¿Verlo?”, me dije.

– ¿Ehh… Coquito querido… ver a quién –soltó el Tarta–? No me digas que al…

– Si, por supuesto. Pero no todos, solo uno va a venir conmigo. Y vas a ser vos, Rubén.   

–¡Decime que estás colifa, Coqui! Mirá que voy a entrar a ver un fiambre, menos al Geroncio –en el fondo sentía…, sentía que tenía que verlo, y sacarme miles de dudas alimentadas en estas veinte cuatro horas.

–Muchachos, esto no es joda, ¡es una investigación! –sobre el asiento de acompañante y de coté, su tono ya no era distendido– Si no están de acuerdo paremos, y chau pinela. Sigo solo. Nunca los vi, nunca me vieron –el auto se detuvo treinta metros antes del lugar y nos enfrentamos cara a cara los cuatro–. ¿Qué fue de aquellos Jóvenes con los que crecí escapando de tantas trampas, con los que aprendí que en la vida nada es imposible, si alguna vez se pensó… si alguna vez se soñó?

Sin dudas, la distancia con nuestro Rodeo natal, nos habíamos alejado del pasado más de la cuenta; pero Sir Charles era, aun hoy, aquel muchacho que buscaba explicaciones en todo, el que se negaba a dar por vencido ante un impedimento. Era sin dudas, el espíritu viviente de los Jóvenes Ávidos de Rodeo del Medio.

El Huguito estiró su mano sobre el hombro del Coqui, quien miró al Tarta fijamente. Éste le devolvió una sonrisa y puso su mano en mi hombro. Los relojié a los tres, los hice sufrir un instante y cerré con mi brazo esa cadena, que representaba a todos los que hubieran dado la vida por estar donde nosotros.

–A todo, o nada –concluí como lo hacíamos de culillos–.

La tarde se escondía, el frío viajaba en una sombra a vapor, y junto al Coqui volábamos por la vereda aledaña a la morgue, hasta llegar a la esquina. Metió su mano en un bolsillo interno del abrigo, y sacó un pequeño espejito, sostenido de un aparatejo que lo estiraba hasta unos quince centímetros de distancia.

–Como lo esperábamos, se están alejando hacia el sur –decía, mientras miraba lo que el reflejo le daba sin asomar un pelo–. A la cuenta de tres vamos a correr con todas las fuerzas, Rulo, y nos metemos en la acequia, justo frente a la entrada.

Antes de que pudiese procesarlo, su “tres” inyectó de energía mis extremidades inferiores y rajamos unos diez metros hasta la cuneta. La que por cierto nos clavaba, como agujas en los tobillos, el agua helada que llevaba.

–Seguime… –indicó nuevamente.

Cruzamos la vereda y dimos con un portón cuasi destruido, al parecer no les preocupaba en demasía la recepción de los que ya no podían criticarla. Sir Charles, tomó dos hierrito y como si hubiese inventado esa cerradura de dos puntos, la abrió sin mayores esfuerzos. Traspasamos un pasillo extenso, giramos a la derecha y subimos las escaleras.

– ¡Escondete! –Susurró, deteniéndome el bobo– Hay algunos médicos al parecer…

–¡Pero vos dijiste que los guardias…!

–Sí, sí… ¿qué ibas a hacer si te decía que adentro, habían tantas personas como en la fiesta de la cosecha del melón en Lavalle? –en eso tenía razón.

Abrió una ventana, de lo que parecía ser una recepción y se metió de un salto. Encendió una linternita minúscula, que tenían sobre la patilla de los lentes, mientras revolvía prolijamente el archivo.

–Ya tengo lo que necesitamos –dijo mientras salía del cuarto, con unos cuantos papeles.

Marcha atrás bajamos, y enfilamos para el ala norte del lugar. Esperamos, escondidos tras dos macetones del rincón, que un tipo en un mameluco azul cerrara la puerta. Sir Charles me indicaba con su mano que lo bancara desde acá, por si alguien venía. Luego, se deslizó hasta topar contra la puerta de vidrio.

– ¡Psh, psh! –me llamó tras mostrar, nuevamente, sus dotes de caco con la cerradura.

Adentro, lo peor. Cuatro mesones, o camillas, tenían encima cuatro bultos tapados. Me asusté. 

–Fijate en esos dos, yo miro éstos –le indicó a mi pasividad–, ¡dale Rubén!, no tenemos todo el día.

Saqué coraje pensando en las innumerables anécdotas de las manos del Geroncio, recordando los picados en la plaza, las veces que nos defendió de los Chicos Malos de Maipú y ni que hablar de sus Palomas Mensajeras

Tenía que elegir cuál de los dos mirar primero… “De tín marín, de do pingué…” –me sentí un estúpido, pero era necesario, y ¡elejí!

Tragué dos gotas de saliva que apenas regaban mi garganta y miré al Coqui, que sin preguntarme nada, supuso todo. Habíamos encontrado al Geroncio

“La semana que viene se las sigo”

 D.R.

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