Lecturas para el colectivo: ¨La llave maestra¨ – Capítulo 4

8.52 am

Acelero tanto como la prudencia que sujeta mi tobillo me lo permite. –Despacio Daisy, va mucha gente en el colectivo esta mañana –rememora una voz prudente en mi conciencia. Aunque confieso que a veces prefiero la antagónica: “¡Dale, dale! Si no llegamos a tiempo, se va a subir al cincuenta que pasa dos minutos antes.”

No me lo podía permitir.

8.59 am

Casi puedo ver su silueta en la parada donde se sube. Tengo en mis yemas el registro de cada defecto del recorrido, baches, badenes, discos pare y ramas sobresalidas; pero los últimos metros antes de la esquina, donde sé recogerla a Doña María, son tan frescos como los ocho pasos que camino a oscuras desde mi cama al baño, cuando la naturaleza me llama por las madrugadas.

Una detención más y la próxima será el devenir de la historia, que más me había cautivado en estos veinte años de servicio. Solo una más.

9.02 am

Frente al metro cincuenta y cinco de una nena de diez años cuanto mucho se detenia mi marcha. Tras ella, una mujer que se preguntaba si las pulgadas sobrantes que rodeaban su cadera, la dejarían pasar entre las puertas del colectivo. Seguidas por el fino traje de un caballero con maletín marrón en mano, quien movía su bigote en redondel, mientras el seiscientos de la dama meneaba en sus narices. Y todos juntos antecediendo a la “Dulce Señora” que desde abajo y por el parabrisas, hacía contacto visual con la bienvenida que le devolvían las arrugas de mi sonrisa.

–Buenos días –regaló María Cecilia con un pie en el asfalto todavía.

– ¡Muy buenos días!, Doña María –reconocí de la misma manera su presencia y noté, gustosamente, que no era la única que lo había hecho en el colectivo.

Hay seres tan maravillosos, que con la sola audiencia de su persona, son capaces de cambiarnos el ritmo de una mañana. Desde el riego que la buena onda de las palabras pueden hacer, disfrazados en gestos descontracturantes. Hasta las vibras que consiguen desatar la tención de lo cotidiano que nos carcome, cuando la rutina se hace imperante.

–Mire Daisy, esta era yo… –se dirigió a mis espaldas desde su butaca. Estirando un brazo, me paso una foto prensada entre el índice y el pulgar de su mano derecha.

– ¿Vió qué joven estaba? –agregó–. Cuando el colágeno de mi piel la mantenía más firme, mi cara carecía de las arrugas que hoy, sin tantas sutilezas, la decoran.

Al tiempo que encogía los hombros y las comisuras de su boca cerrada, descendiendo ligeramente unos veinte grados, asomaban el dejo de melancolía que solo viven los coquetos.

Yo no podía descifrar el concepto que su imagen me despertaba en la foto. Me creí, de momento, seguidora de los arrebatos de Juan. Aquellos que la mujer me había descripto en sus relatos.

En la sencillez de sus rasgos, brillaba el sol que opacaba hasta la más candente de las antorchas.

–No se imagina como lo habían golpeado y humillado –empezaba a contar  Cecilia–. El destino de Juan se encontraba en el cúbito de una humilde parroquia de la Villa, donde lo habían escondido con la complicidad del cura. La tierra vistiendo su existencia, maquillaba los golpes que el ánimo de los muchachos, le habían obsequiado aquel ¨bendito lunes¨.

Con el canto de un gallo atrayendo a unas hembras cercanas, abrió los ojos y vió de costado una puerta, que desde una pequeña ventana en el medio, iluminaban el café de sus pupilas. Se corrigió en perpendicular al suelo y sentado desde ahí diagramó su salida.

No sabía a ciencia cierta cuantos kiri ki kis había desembuchado aquel ave. Quizás fuese miércoles, quizás jueves, o peor aun vienes. Por lo que el reloj de arena que era ahora su cabeza, lo apremiaban con el devenir de cada grano.

-¿Hay alguien ahí? –expulsó en un grito afónico. Acomodó la garganta al tragar y lo intentó otra vez: “¿Alguien me escucha? ¡Tengo que salir por favor!”

–¡Shhhhhhh! –le devolvieron tajante desde el otro lado–. ¿O deseas terminar con la lengua en la panza pendejo? Acomódate tranquilo y no chillés, así la vamos a pasar mejor todos. –Finalizaba el malevo, codeándose en la complicidad de un hombrecito pequeño, que lamia algo más que el cuero de sus botas.

Al cabo de unas horas, su razón trabajaba a dos motores. Iba a tener esa chance de gol que no podría dejar pasar. Lo sabía. La parada era tan compleja como utópica, pero su optimismo jamás se frenaría a mitad de camino. Nunca.

–A comer… –trajo el viento una voz por debajo de la puerta, en una tonada chilena bastante anciana. Era el obtuso patán condescendiendo un deseo de su amo.

Entre los barrales que tenía la ventanita, le pasaban un pedazo de pan del día anterior y un jarro con agua tibia. Al tomar ¨el almuerzo¨, notó que del brazo izquierdo del oloroso retaco, colgaban dos llaves gigantes y una muy pequeña.

–Es ahora o nunca… –se dijo sin pronunciar nada.

De inmediato pidió un segundo vaso de agua para tomar distancia de la jugada, a lo que el apestoso accedió refunfuñando. Sacó la mano por el agujero con el jarro vacío y en el instante del intercambio, cuando el pinche se lo devolvía, lo soltó intencionalmente, dándole de tomar un chapuzón a los ocho pelos que sin éxito, disimulaban la calvicie del espécimen.

– ¡Imbécil! –Agredió desde afuera–. Te vas a pudrir en esta celda maestrito de cuarta. –Mientras huía del agua, como un gato que es salpicado con una manguera.

Apoyando el occipital de su cráneo en la puerta, Juan respiraba de espaldas. La situación había sido muy rápida, demasiado diría su profesor de gallego de clown. Quien además de hacer reír a la gente, improvisar bromas y dibujar en el aire toda clase de piruetas, lo había instruido durante años en el arte de los trucos de la ilusión.

Llevó el maxilar adelante al tiempo que izaba su palma izquierda, y se mostró satisfecho la llave más pequeña entre sus dedos. Había decidido en el instante cuál de las tres elegir, ahora solo restaba ver si funcionaba. Ciento ochenta grados de giro lo pusieron de cara a una cerradura de vuelta y media, que se entregaría a los encantos de la Llave Maestra.

En diez segundos había cerrado otra vez, y encorvado volaba con largos pasos por el patio aledaño a la parroquia. Del otro extremo, una escalera que llegaba hasta el alma de un campanario, lo invitaba a subir para observar mejor la situación y quien dice, decidir sobre los senderos posibles que lo llevarían a Cecilia.

Cecilia, Cecilia… –exhaló su nombre en voz alta, como si necesitase recordarlo para tomar fuerzas.

Entró al hall con cautela y antes de subir, observó sobre su hombro derecho revolcada contra el suelo, a su segundoamor por esos días. Mandó a dormir la bronca que quiso despertar al recordar la gresca, la levantó de la cintura, y escaló el pasadizo al  campanario, con la bicicleta inglesa a cuestas.

Desde ahí tomó dimensión de todo, incluso del momento en que advirtieron su ausencia en la celda.

Finalmente se sentó sobre un talón, y apostando su codo en la otra rodilla, encendió un cigarrillo que había ¨tomado prestado¨, cuando escapó, de una mesa. Le dolía absolutamente todo.

En el horizonte, el llanto rojizo del atardecer, le marcaba a fuego la presencia del Lucero. Quien destellaba un haz de luz, cegando los celosos flashes que intentaran capturar ese retrato.

Era jueves. Mañana lo esperaba un largo día en la búsqueda de los brazos de María. ¨Viernes media noche¨, le había dicho sobre la bicicleta.

El gran escape se avecinaba…


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