Siguen las peripecias de nuestro Viejo de la Bolsa y sus odiseas de colectivo (Hace click ACA para ver la primera parte del viaje).

Cuando viajás en coche semicama (2 + 2), no podés estar solo como me gusta a mí, por lo que siempre elegía pasillo. (Podés leer acá la nota anterior donde explico un poquito mejor este tema)

Una vuelta me tocó viajar en el primer asiento de arriba (sí, contra el parabrisas atajando los bichos…) y del lado de la ruta. Cuando llego a mi asiento, con qué me encuentro? con una vieja sentada en la ventanilla. Estoy seguro que la vieja también puteó internamente al verme, porque al igual que yo, ella hubiera preferido otro tipo de compañía. Y ahí estaba, relojeandome la vieja pizpireta, rápida de reflejos para chusmear y sacarme la ficha en un solo escaneo. Cada uno tiró un “…uenastaaaarde” (así como se lee con la boca medio cerrada) y me dejé caer en mi poltrona.

Como buen cabrón que soy, vislumbraba el viaje como una batalla épica contra la vieja por el dominio del apoyabrazos (algo así como jugar Domination para los que dedicaron algunas horas al Unreal Tournament). Este apoyabrazos es de los finitos, y claramente si uno manda el codito, el otro se tiene que guardar, porque no da para otra cosa. Solo es útil si vas con tu media naranja, lo mandás para arriba y todos en paz. Caso contrario es pa quilombo. Y así fue el caso, llegué y en cuanto pude la madrugué a la vieja. A los pocos minutos mandé auriculares, bajé la gorra y buenas noches los pastores, a torrar. Todo esto siempre con el codo blindado contra el apoyabrazos, no lo levantaba absolutamente para nada. Si el  bondi volcaba, yo volcaba con el codo anclado ahí, aguantando como Leónidas contra los persas, luchando hasta el final.

Llegamos a Desaguadero, el bondi se detenía unos minutos para subir el morfi y seguía. La gente bajaba a fumar, mear, o comprarse un buen sambuche de crudo con manteca en un pan casero como alpargata del 9 entre los que me encontraba, previendo la comida horrible que solían ofrecer en este servicio. No era cuestión de cagarme de hambre 14 horas arriba del bondi sin poder optar por nada potable.

Bajé y detrás mío bajó la vieja, aprovechando para usar un baño que no se le moviera, ya que el baño del bondi es el tema más complicado para las mujeres (y si no, pregunten). Una vez que subimos la volví a cagar cuando se estaba sacando el saquito, ¡Já!, y seguimos. El tema era aguantar hasta cerca de la cena, y cuando esto sucedió,  la cosa fue comer sin levantar el codo, como si mi brazo fuera parte del bondi. Para esta altura la javie ya había percibido mi hijaputez y si bien no se animaba a decirme “te podés correr” como le hubiese gustado porque seguramente se imaginaba que yo le podía contestar algo como “ok, si querés me bajo para que vayas cómoda, vieja intolerante” o “si te jode el lugar, te hubieras comprado el pasaje en el cama 180° con pantalla individual, vieja laucha”. Aclaro que jamás le diría esto a una persona mayor, no por ser cabrón uno se vuelve maleducado. El tema es que ella me empujaba con su codito sin ningún reparo y de a poquito iba aumentando la presión sobre mi brazo con la pobre ilusión de moverlo, supongo. Si bien Uds. no me conocen, permítanme decirles que soy un poco…, digamos que soy petizo para lo que peso (cualquier otro calificativo hacia mi persona es improcedente). El tema es que a medida que la javie se venía, yo me afirmaba un poquitín más, desplazando mi centro de gravedad sobre el brazo luchador y ejerciendo una presión importante sobre el adminículo en disputa. Hasta la cena digamos que hizo esto unas pocas veces pero no de manera descarada, como midiendo si me lograba cagar pero no en abierta declaración de combate.

Yo ya me empezaba a divertir, dado que la noche pintaba entretenida. El tema es que cenamos sin mayores contratiempos mientras mirábamos una película. La vieja estaba enganchada con la peli por lo que terminó de morfar y se quedó mirando. Yo ya venía calculando en qué momento me convenía bajar a mear, ya que si bien había usado el sanitario en Desaguadero no me daba ni en pedo para llegar de un tirón a Baires con más de 10 horas por delante. En cambio la vieja no iba a bajar a mear nunca más hasta llegar a destino. Como yo ya había visto esa peli y sabía bien cuánto faltaba, apenas pasa la escena final y antes de las letras, pego salto y parto al baño a hacer lo mío evitando la cola típica cuando se acaba la peli. Acá vale una aclaración: volviendo al tema del baño del bondi y su relación con las mujeres que viajan, como hombre debo explicar un punto que seguramente deben tener pendiente las féminas que hayan viajado. El baño del bondi es por definición un asco. De hecho es un asco apenas nos subimos, y en parte creo que es así porque el que debería limpiarlo es el Susano y está claro que si algo no sabe hacer un hombre es limpiar un baño. Esto tiene como agravante que el baño es usado por hombres y mujeres, pero creo que mayoritariamente hombres, dado que hay mujeres que en un acto de hidalguía sin precedentes se bancan más de 10 horas sin mear. Estos hombres, al usar el sanitario hacen lo mejor que pueden desde su postura de meadoris erectis (meamos de dorapa, mal que les pese a ellas) en un baño que se mueve precisamente porque se mueve el puto bondi. Esto deriva en que aunque seamos un trípode humano, es imposible meter el 100% del fluido corporal en ese intento de inodoro de fibra de vidrio que queda todo chorreado, incluyendo algún salpicón en el piso, y por qué no también lo que sería la tabla esa que se sube sola con un resortito y demás. Luego, aunque pisemos el pedal que supuestamente evacua el baño (y yo estoy seguro que manda todo a la ruta aunque me lo nieguen todos los bondileros juntos), el pobre baño queda como para ser dinamitado. Casi tan desagradable como el de la terminal del sol. Y las mujeres que tengan que entrar después deberán enfrentarse a un cuadro dantesco.

Todo lo anterior es el motivo por el cual la vieja ya estaba en posición ofensiva hasta destino, sin necesidad de abandonar su puesto y yo tuve que ceder parte del campo ganado para luego intentar recuperarlo.

Aquí radicaría el eje del combate, ya que al volver del baño la vieja había tomado la posición, mantita incluida se había tapado como la abuela de la caperucita roja y la muy yegua se hacía la re dormida. Pero como esta vieja no tenía ni una remota idea del contendiente que enfrentaba, sentí un placer descomunal al encontrarla muy apoyadita en MI apoyabrazos y con los ojitos cerrados con cara de angelito.

Citando a mi Gran Maestro, el inmortal Sun Tzu, permítanme compartirles un párrafo de su obra maestra “El Arte de la Guerra”, que dice así:

El arte de la guerra se basa en el engaño. Prepararse contra él cuando está seguro en todas partes. Evitarle durante un tiempo cuando es más fuerte. Si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle. Si es arrogante, trata de fomentar su egotismo. Si las tropas enemigas se hallan bien preparadas tras una reorganización, intenta desordenarlas. Si están unidas, siembra la disensión entre sus filas. Ataca al enemigo cuando no está preparado, y aparece cuando no te espera. Estas son las claves de la victoria para el estratega.

En base a lo anterior, me senté como un señorito, arrinconado sin rozarla, y me quedé ahí quieto unos minutos, elucubrando lo que sería el golpe de gracia con una paciencia china. Estoy seguro que ella me relojeó de coté, vio que me había sentado y se empezó a reconfortar por este triunfo aparente. Mientras, mi cabeza iba y venía, haciendo cálculos milimétricos, hasta que el plan estuvo totalmente diseñado.

Con cuidado me paré, agarré mi libro y me senté nuevamente. El bondi ya estaba en oscuridad total. Cuando se escuchó el click de la tecla de mi luz de lectura percibí por un instante el sutil estremecimiento de la vieja como diciendo “¿¿¿what a fuck???”, pero sin mover su pobre codo. Volví  a acomodarme sin siquiera rozarla, abrí el broli y me dispuse a leer tranquilo. Cada tanto hacía algún ruido respiratorio o me sentaba de otra manera, y así mantenía a la javie despierta. Luego de unos minutos, me apoyé el libro abierto en el pecho, tiré el balero para atrás y cerré los ojos. Al poco tiempo empecé con un suaaaave ronquidito relajado, y ahí estaba empezando a dormirme (mentira!). Noté movimiento de la vieja, me la imaginé mirando mi cara de cabrón y la luz, pensando “este paspado no puede ser tan pajero de dejar la luz prendida”. Y se ortibó la vieja. En el medio de un refunfuñe levantó el brazo para apagarla pero al hacerlo se dio cuenta de que ya era tarde, acababa de perder el apoyabrazos!

Yo estaba esperando ese preciso momento, hice un movimiento justo como acomodándome apoyado en el apoyabrazos-trofeo, siempre con los ojos cerrados, y cual gallina que se acomoda para empollar agité las nalgas y ahí quedé. La amable vieja me apagó la luz (que me iba a romper las pelotas peor que a ella) y tuvo que conformarse con volver a su posición de derrota, pero con un nivel de calentura importante. Al cabo de unos minutos, tal vez media hora, sin mover mi codo triunfador revolié el libro de nuevo arriba, me acomodé bien, y a torrar se ha dicho. Esa noche no tuve frío ya que viajaba al lado de una estufita humana que había perdido su cara de pizpireta y me dormí pensando lo bueno que estaría pegar un grito en la oscuridad de “¡¡¡Calentiiiiiiiiiiiiiiiiiiitossss los paaaaaaaaaaaaanchossss!!!!”.

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