Quemaba un cigarrillo de tabaco sus aros y el otoño se presentaba solemne frente a mí. La calle con las hojas y la hora de la siesta, de los pagos que transito desde hace años. El color anaranjado se ve en la mayoría de las calles de los barrios y donde hayan arboles se sentirá el peso de la época.

El sol que se escabulle entre las ramas y con el viento, dibujan en el piso las formas que solo tal combinación puede regalar. La calle desierta, el agua rodando por la acequia, a lo lejos el zumbido de los autos de la Avenida de Acceso y el humo que se esfuma.

Pasaron los minutos y algunos transeúntes se hacían presentes, caminando tranquilos, sin que nada los acelere, el día aun tenía vida y  le faltaban largas horas para dormitar en los confines de la noche que siempre llega con su temprana melancolía.

Uno de ellos, con un andar cálido y gestos soberbios se dirigió ante mí con educadas palabras:

–         Buenas tardes. ¿Cómo le va caballero?

–         Bien…

–         Cuenta la leyenda, que aquel que desprecia los colores del otoño mendocino no tiene corazón; ser despreciable de alma perdida entre los dioses del averno y los inevitables castigos que en esos lugares se le dan a los condenados.

–         No he escuchado tal cosa nunca

–         Porque aquellos que no pueden valorar el color, se escondieron hace tiempo… Está advertido. Tenga usted buenas tardes.

Se fue en dirección al sol, dobló la esquina y se perdió. Un poco sorprendido por el gesto pero escéptico como me describo no creí historia semejante, aunque una señal utópica se prendió en mi, soñando lo justo que sería el castigo moral de aquellos que no cuidan los bienes orgullosos de nuestra región. Esos que negocian el poder y el resto bajo el manto piadoso impuesto por la historia.

Ofuscado ante la negativa realidad apocalíptica, las ráfagas comenzaron a agitar las hojas, que se desprendían de sus ramas desplazándose en el tiempo intangible que todo desmorona. Una sonrisa se calcó en mi rostro. Los colores vuelven iniciado el mes de abril y el agua que los motiva se deshiela de los cerros, para encontrarse en los cauces y así, entre misterio y trabajo, regar los árboles que reinician el ciclo eterno de vivir.

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